El Presidente
Diálogos Evolutivos
Por Walter Edgardo Eckart
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CAPÍTULO I
CAPÍTULO I
Desde hace un tiempo había estado considerando la posibilidad de escribir acerca del “lado humano”, por decirlo de algún modo, de quienes participan en la vida política de un país democrático cualquiera.
Habiendo sido en el pasado funcionario de segunda línea de la Alcaidía de New York y, estando ahora en mi ancianidad, con mucho más tiempo para mirar y reflexionar sobre el transcurrir de mi vida y de la de aquellos que en ese entonces fueron “mis pares”, fui descubriendo en mi –con cierto asombro- la necesidad de, como decirlo....”intercambiar experiencias”...
Pensaba en armar algo así como una especie de mesa imaginaria donde, frente a frente, pudiéramos preguntarnos y respondernos sobre las cosas que hicimos durante nuestras vidas en lo político... preguntarnos por qué las hicimos...mirarnos hacia adentro y tratar de recordar como jugó en aquellos tiempos “la conciencia” de cada uno, cómo jugaron los “principios” y cómo influyó el “partido” al cual pertenecimos. Preguntarnos dónde supimos ubicar a nuestras familias... a nuestras creencias religiosas... En fin...¡Tantas cosas!
Lo cierto es que cuando tomé conciencia de esta especie de “anhelo agobiante” que crecía en mi a cada momento, me pareció bien hacer memoria de algunas figuras políticas, anotar sus nombres en una lista, como para comenzar a proyectar una especie de “encuentro de veteranos”. No pensaba en un grupo grande. Por el contrario, sólo en uno... o tal vez dos, pero tenía que elegir entre muchos.
Pensé en varios y en sus respectivos países.
Pensé en líderes europeos, chinos, africanos, japoneses, indúes....Tantos... que realmente me quedé asombrado. Porque además, los nombres que fui recordando correspondían a gente que en su momento llegué a conocer y a admirar; y con algunos de los cuales puede decirse que llegamos a ser amigos.
Claro, a estas alturas, varios ya habían muerto. En algunos casos después de largas y dolorosas enfermedades. En otros.... inesperadamente asesinados... Y otros... en la más profunda soledad...
Por supuesto, recordé también –y tal vez especialmente- a los de Centro y Sudamérica. ¡Oh sí!. ¡Sudamérica!...la increíble Sudamérica...
Sobre esto, debo confesarles, un tanto en broma pero otro muy en serio que, para los Estados Unidos, Sudamérica ha representado, a lo largo de la historia, algo así como una especie de problemático rompecabezas. Si ustedes supieran qué difícil nos resultó intentar comprender no sólo la política, sino la idiosincracia, la cultura y la historia de muchos estados sudamericanos. Y ni hablar de los “problemas” que eso nos trajo a nivel de política internacional.
Todavía recuerdo el refunfuñar del Alcalde cuando regresó de una especie de comida “cumbre”, un 4 de Julio de 1977: “¡Estos latinos!...¡Quién los entiende!...¡Ya no se sabe si se quedaron en la prehistoria o vienen del futuro!...¡Si uno dice blanco ellos dicen negro; pero entonces si uno dice negro, ellos dicen negro... y también blanco; pero entonces si uno dice negro y blanco, ellos dicen: No... sólo gris....! ”
Recuerdo cosas como estas y la verdad es que no puedo dejar de sonreír; y ya les voy a ir contando otras anécdotas parecidas.
Pero en fin –y volviendo a lo que les estaba diciendo-, había hecho una lista realmente extensa y debía abocarme a la difícil tarea de elegir a uno o dos “personajes” que, como yo en su momento, pasaron por los avatares de la política.
La idea era, como le dije, poder llevar adelante mi temerario plan de compartir con ellos, no lo formal y conveniente, sino “lo de entre casa”, lo sencillo...lo humano....
Y sobre esto tendríamos, seguramente, mucha tela para cortar.
Desde preguntarnos qué habíamos logrado –o no- con lo poco o mucho que hicimos en política; y qué habíamos aprendido e incorporado de todo esto en nuestro interior más profundo, hasta intentar entender y compartir en qué nos “habíamos transformado”...porque el ejercicio de la política... como ya se sabe... tiene un poder bastante extraño sobre la gente ...
Y pensaba yo que esto era importante, sobre todo ahora, que muchas de nuestras luces se estaban apagando y que entendernos a nosotros mismos era todo un desafío.
Remarco la idea de que la cosa iba a ser de “entre casa”. Nada de intentar estudiar nuestras conductas de una forma casi académica, utilizando técnicas de análisis político, como hacen los politólogos, en el marco de los estudios de la ciencia pertinente.
Y nada tampoco de hacernos los exegetas de la historia: uno, porque no seríamos capaces; y dos, porque si lo hiciéramos –con nuestro casi innato sentido del parloteo- seguramente llegaríamos hasta los tiempos del neolítico (unos 8000 años A.C.), donde se empezó a organizar la sociedad jerárquicamente, basada en la tesis del “poder sobre los demás”; y seguramente seguiríamos por los sistemas parcialmente democráticos (como el de la antigua “polis griega” o el de la cultura fenicia); y continuaríamos (sin cansancio alguno) con las distintas etapas de los romanos, el antiguo régimen francés, la revolución francesa de 1789, el marxismo, los inicios de la globalización, los tiempos actuales... y cualquier otra cosa que se nos pudiera ocurrir para seguir en un divague sin fin.
No. Yo no había pensado en nada de eso. Mi “enfoque” era más...”existencial”. Intercambiar ideas, experiencias, y tal vez algunos análisis, pero no para escribir una especie de “manual de la política” sino, más bien, para... bosquejar... la interioridad de la “persona política”; y en ese orden: lo concerniente a una “persona” que en una etapa de su vida asumió una “función política” activa, y que después de caminar mucho, trata de hacer una especie de “síntesis” para si misma, sólo con la esperanza de que también pueda servirles a otros, pertenezcan o no al ámbito político.
Y así, mientras trataba de darle forma a mi proyecto, comencé a repasar una y otra vez las listas que había confeccionado, pero me resultaba difícil decidirme. Tal vez la ansiedad me estaba jugando en contra, y cada día que pasaba ésta crecía.
******
Un sábado dejé esa especie de oficina-estudio que tenía en casa, donde solía recluirme por horas, mezclando libros, papeles y pensamientos, y fui a cenar a la casa del señor Stalbert.
No éramos amigos sino sólo un poco más que conocidos, pero me agradaba. Era un joven brillante, con mucha chispa, con una linda familia y una manifiesta vocación por el análisis de los acontecimientos políticos. Además, tenía un gran sentido del humor.
La idea que yo estaba madurando, hasta ese momento no la había comentado con nadie. Pero ya había tomado la decisión de compartirla con Stalbert, después de la cena.
Y efectivamente así fue. Le conté en detalle mis planes. En todo mi relato procuré observar su rostro; y siempre percibí la gran atención con que me escuchaba.
Cuando terminé de redondear mi idea levante mis hombros y abrí las palmas de mis manos, como diciendo: Y eso es todo...
El señor Stalbert se me quedó mirando, totalmente en silencio. Luego apoyó el codo de su brazo derecho en la mesa y cubrió sus labios con la mano, mientras que con la otra acomodaba su anteojos.
Al principio no me di cuenta, pero después comprendí que estaba tratando de disimular la risa que, aparentemente, le había causado mi proyecto.
Y pocos segundos después, no pudiendo aguantar más, directamente comenzó a reírse, a la vez que con sus manos trataba de decirme que lo disculpe.
Cuando se tranquilizó, me pidió disculpas y, cambiando repentinamente el gesto y la actitud burlona, me dijo:
-¿Cuántos años tiene Ud Sr. Jhonson...? ¿Sesenta y ocho?..¿Setenta...?
-Setenta y cuatro –corregí.
-Vaya... es comprensible
-¿Qué es lo comprensible? –pregunté-
-No. Nada. Nada. Disculpe Ud. Es sólo que nunca me hubiera imaginado las cosas que ha estado Ud. pensando.
-¿Tiene acaso algo de...”extraño”...? –pregunté.
-Pues la verdad... me ha sorprendido.... y me ha causado un tanto de simpatía... pero no... no tiene nada de extraño, aunque me parece, como decirlo, una idea.... muy original.... y más a su edad...
-¿Qué sucede con mi edad? –pregunté un tanto molesto.
-En realidad...creo que nada. Sólo que uno se hace a veces otra idea de las aspiraciones de una persona mayor. Pero por lo que veo, Ud. parece estar muy decidido a llevar a cabo esta especie de “experiencia”.
-Efectivamente –respondí- Y si se la comenté fue para que me dé su parecer... no para que se ría.
-No, por favor. No me interprete mal. En realidad no me estaba riendo de Ud. Sólo pensaba y me preguntaba, un tanto nervioso, si estaba Ud. consciente de la dimensión que pudiera llegar a tener este... “plan” suyo; y sobre todo, si estaría al tanto de las...singulares oportunidades que, para sus fines, podría tener en estos días.
-¿Singulares oportunidades? –pregunté.
-Si. Bueno. El mundo ha cambiado mucho. La tecnología ha avanzado a pasos agigantados. Y eso en “ésta” época. Pero trate de imaginarse...el futuro... sesenta o noventa años más adelante... ¿Tiene idea en que eslabón o nivel podrían encontrarse los avances tecnológicos....?
-La verdad que no –respondí un tanto confundido- Pero...¿Qué tiene eso que ver conmigo....? Sólo estoy tratando de... intercambiar experiencias... experiencias entre viejos políticos...
-Precisamente –me dijo- Justamente a eso me refería cuando le dije que me preguntaba si tenía Ud. conciencia de las “singulares oportunidades” de las que se podía servir para llevar adelante su proyecto.
-No entiendo –le dije.
-Mire –respondió- Hagamos un trato. Si Ud. me promete absoluta confidencialidad, yo lo voy a enterar de un gran secreto. Entonces lo va a entender.
-Por supuesto –aseguré- Pero dígamelo de una vez...
-Está bien –me respondió- Y luego, bajando la voz como para no ser escuchado por nadie, me hizo un extenso relato de más de cuarenta minutos que me dejó más confundido todavía. Jamás hubiera esperado tamaña...confesión.
-¡No! Esto no puede ser real –grité.
-¡Sí lo es! –sentenció-
-¡No!... no puede serlo.... es....es ciencia ficción... –volví a afirmar.
-Le aseguro que no. Es....real....absolutamente real.
-¿En serio...? ¿Es eso cierto...? –pregunte- ¿No me está tomando Ud. el pelo...?
-En absoluto, mi amigo. Sé que puede ser una... novedad... para Ud., pero también sé que puede reflexionarlo y...aceptarlo. ¿Por qué no lo piensa un poco y dentro de tres o cuatro días nos volvemos a reunir...tal vez en su casa... como para que podamos profundizar la cuestión...?
-De acuerdo –dije... resignado....
Lo saludé y volví a mi casa, en el máximo de mi confusión, con mil preguntas por contestar. Mientras caminaba, comencé a sentir el cansancio.... y una especie de desconcierto creciente.... Por instantes me parecía que no lo podría resistir.
CAPÍTULO II
Cuando desperté por la mañana me llevé la grata sorpresa de que estaba lloviendo levemente. Aunque no sé por qué, soy una especie de fanático de la lluvia. Desde joven me atrajo. Me gusta escucharla, mirarla, y ver cómo empapa el suelo. Y deleitarme con el aroma que brota de la tierra recién mojada. Por eso he evitado vivir en un departamento de torre. No hay nada como una casa, con jardín y césped. Y con una galería trasera, con mesa y silletas, donde uno se pueda sentar y disfrutar de cosas simples. Como la lluvia, por ejemplo.
En fin. Era el momento del desayuno y me dirigí a la cocina. Busque huevos, para hacerlos revueltos pero...no había.... no había... como tantas cosas en la casa que faltaban después de la muerte de mi esposa.
Mi hijo me había insistido más de una vez que fuera a vivir con el y su familia. Nunca acepté. Tal vez fuera por una especie de berretín de viejo, pero la verdad es que prefería estar solo, al menos hasta que mi salud requiriera una atención especial.
Mi única compañía habitual era Juana, una latina mejicana que venía todos los días para los quehaceres de la casa. Tenía la virtud de hacerme reír cada vez que me profería alguno de sus múltiples retos. Era hacendosa pero descuidada con las compras.
De todos modos no tenía hambre, así es que me preparé sólo un tazón de leche con algunos cereales, al cual me lo llevé directamente al estudio, a mi refugio. Estaba ansioso, ahora con mis fuerzas renovadas por el descanso, por recordar, reflexionar y .... tratar de entender con más calma esa especie de confesión que me había hecho el Sr. Stalbert.
Lo pensaba y me sonreía, en medio de esa especie de nerviosismo que no me había abandonado desde la charla de la noche anterior.
¿Será acaso esto posible...? me preguntaba a cada momento. Era innegable que, a pesar de la seriedad y credibilidad del Sr. Stalbert, la duda me carcomía.
Por lo pronto decidí que sería mejor dilucidar la cuestión cuanto antes, sin esperar innecesariamente.
****
Marqué el teléfono del Sr. Stalbert y le propuse reunirnos de inmediato. Éste, al escuhar mi voz, evidentemente se sonrió y con cierta picardía me dijo:
-Me estaba extrañando que no llamara, Sr. Jhonson.... es decir, que no me haya llamado más temprano.
-¿De verdad? –le pregunté con todo el sarcasmo del que fui capaz.
-Pero por supuesto, hombre. Conociéndolo, desde que dejó mi casa anoche, supe que no podría Ud. dejar de darle vueltas al asunto. Por eso, le repito, desde muy temprano estaba esperando su llamada. Es más, ya he tomado las previsiones del caso....
-Que perspicaz que es Ud. –contesté nuevamente con ironía.
-¿Y qué me dice de reunirnos en lo inmediato? –agregué.
-No hay problema –confirmó-. Como le dije, ya tomé los recaudos necesarios en lo que respecta a mi trabajo y mi familia. Dígame Ud. la hora.
-Pues... ahora mismo....si le parece –le respondí un tanto avergonzado por mi ansiedad.
-De acuerdo. En algunos minutos estaré en su casa.
-Bien –le dije- Lo espero....
Y tras el saludo, cortamos aquella comunicación. Una especie de cosquilleo recorría mi cuerpo. Realmente la ansiedad me estaba matando. Pero, al mismo tiempo, y aunque no se si sólo fue una impresión mía, me quedé con la sensación extraña de que también el Sr. Stalbert estaba, de algún modo, nervioso... tal vez incluso ansioso.... pero evidentemente y en todo caso, lo estaba disimulando a la perfección.
*****
Traté de ordenar mi escritorio, como para impresionar “mínimamente”, más o menos bien (lo cual ya se que es una contradicción) al Sr. Stalbert. Pero al cabo de unos minutos me di cuenta que era absolutamente inútil. Mis pensamientos revueltos y la ansiedad seguían ganando terreno dentro mío.
Cuando ya me convencí de que esta “coyuntura” mía me estaba perturbando mucho más de lo que yo mismo había pensado, y por la que estaba atravesando cada vez con más confusión e incertidumbre (como solemos denominar –digo, “coyuntura”- los políticos con toda liviandad a los momentos más trágicos de una situación particular por la que atraviesa un país), decidí aflojar mis hombros, disfrutar de la lluvia y... simplemente esperar al Sr. Stalbert.... como si nada hubiera pasado...como si simplemente recibiría a un amigo para hablar de cualquier cosa.... como quién simplemente comparte su tiempo ocioso con alguien que tiene la misma disposición para “matar el tiempo”.
*****
Cuando sonó el timbre del portero eléctrico de algún modo me relajé, como quien dice “Por fin... ya era hora...”.
Atendí y dije:
-¿Si...? ¿Quién es...?
-Soy yo –escuché-. Stalbert.
Haciéndome el desinteresado (lo cual ya se que es otra contradicción) dije:
-Pase mi amigo.... ha venido Ud. mas rápido de lo previsto.... –y accioné el interruptor que abría paso a la reja central de mi casa.
El señor Stalbert se presentó a mi puerta, más o menos empapado, con los anteojos llenos de pequeñas gotas de agua, y antes de que yo pueda pronunciar palabra alguna, me dijo:
-¡Debe Ud. hablar con el presidente electo de Argentina!.
-¿Cómo dice Ud.? –dije-
-¡Que debe hablar con el presidente electo de Argentina! –reafirmó casi gritando-. Luego agregó:
-¡Es lo que más le conviene!. Se lo aseguro. ¡Y debe hacerlo de inmediato....!
Yo me le quedé mirando mientras Stalbert no terminaba de secar sus anteojos, o de ubicarlos bien, o simplemente de jugar con ellos en medio de lo que parecía ser una crisis nerviosa inesperada.
-¿Se encuentra Ud. bien? –pregunté
-Si...creo que sí –contestó para luego agregar, un tanto titubeante:- ¿Por qué lo pregunta Ud...?
-Pues...verá....Me dice Ud. que hable con el presidente electo de Argentina...
-Pues claro...es lo más conveniente para sus planes... si es que todavía sigue con esa inquietud.
-Claro que sigo con la “inquietud”, como dice Ud. –reafirmé- Pero....vea Sr. Stalbert... hay una dificultad en todo lo que me está diciendo....
-¿Cuál...?
-No se como decirlo... –me justifiqué- pero temo que haya.... olvidado Ud. de que Argentina no ha celebrado ninguna elección últimamente....y que... por lo tanto... no tiene ningún presidente electo....a menos que Ud. lo esté diciendo metafóricamente...
-¡Pero qué metafóricamente ni qué nada! –explotó para luego agregar:
-Se lo digo con toda exactitud. ¡Debe hablar Ud. con el presidente electo de Argentina, así consagrado por un acto eleccionario democráticamente realizado...! ¿Lo entiende...?
-No, la verdad que no –aseguré y agregué-
-Argentina no ha elegido a nadie este año....
Se me quedó mirando.... se quitó los anteojos y luego, repentinamente, se golpeó la frente con la palma de la mano, para agregar:
-¡Pero claro...! ¿Cómo lo va a entender? ¡Por supuesto que no, Sr. Jhonson...! Vea, discúlpeme... entremos que se lo voy a explicar...o mejor dicho... se lo voy a recordar, en el marco de lo que hemos hablado anoche.
-Por supuesto –dije- Pase. Pase.
*****
CAPÍTULO III
Mientras recorríamos, en absoluto silencio, la breve distancia que hay entre la puerta de la casa y mi oficina, pensé en lo descortés que estaba siendo con aquel hombre. De hecho, prácticamente había permitido que se empape bajo la serena lluvia, minutos atrás.
Pero, y en realidad, poco podía pesar en mí cualquier forma de desprolijidad social en aquellos momentos. Y por lo que pude ver, tampoco le interesaba al Sr. Stalbert.
A estas alturas ya me había convencido de que ambos estábamos inmerso en una especie de entusiasmo irremediablemente creciente pero al mismo tiempo totalmente confuso.
Sí, y debo confesarlo, no entendía los motivos del Sr. Stalbert. Los míos estaban claros. Pero él.... ¿Qué interés real podría tener....?
En fin. Creo que nunca podré desprenderme del ancestral vicio político de desconfiar siempre de los demás...
******
Cuando ya nos ubicamos en el estudio, para sorpresa mía, Stalbert sacó un cigarrillo y lo encendió. Si bien me incomodaba que fumara, me le quede mirando en silencio. De todos modos se dio cuenta y, con cierta timidez, preguntó:
-Disculpe, ¿Le molesta que fume?
-No, para nada –mentí
-¿Le apetece uno...? –me dijo mientras estiraba el brazo ofreciéndome la cajetilla de cigarrillos
-No... creo que por ahora no –fingí, como si hubiera estado dudando
-¿Fuma Ud. mucho? –me preguntó ingenuamente
-No. Solo de vez en cuando –volví a fingir
-Pues verá –prosiguió- yo hace rato que había dejado de fumar. Pero bueno... en los últimos tiempos muchas cosas me han pasado y... parece que estoy aflojando de vuelta. No fumo mucho pero....
-Lo entiendo –aseguré, al mismo tiempo que me dispuse a interrogarlo-
-Pero dígame... en concreto...¿A qué se dedica Ud.? Le pregunto porque, sabe, he caído en la cuenta de que si bien lo conozco desde hace unos cuantos años, y sé de su profesión, tengo la impresión de que –además- hace Ud. otras cosas... como una especie de segundo trabajo...
-¿A qué se refiere? –me preguntó
-Bueno –dije- la charla de anoche me ha dado qué pensar... Lo que Ud. me ha confidenciado, la información con la que cuenta..., creo que excede con creces al conocimiento que pueda tener un analista político, por más erudito que fuera, y por más que trabaje en el New York Time...
-No mi amigo –replicó- Sólo son suposiciones suyas y además...
Interrumpió su frase al ver el modo en que lo estaba mirando. Luego bajó la cabeza, volvió quitarse los anteojos, como quien trata de ganar tiempo, los volvió a limpiar, se los colocó de vuelta y, casi con resignación confesó:
-Está bien. Tiene Ud. razón. Pero por ahora no le puedo adelantar nada más. Le aseguro que es más complicado de lo que parece.
Me quedé pensando algunos segundos. Ahora el que trataba de ganar tiempo era yo. Y se me vino a la cabeza una idea, más bien una intuición. Respiré hondo, relajé mis hombros, y aposté a mi infundada sospecha.
-Por supuesto –dije, tratando de sacar verde por maduro- Las grandes cosas, los grandes proyectos secretos...creo que siempre son bastante complicados ¿No?
-Si es verdad. Pero le aseguro que la gran dificultad no es lo que realmente pueda estar sucediendo, sino la incapacidad que muchas veces tenemos al momento de explicarlas.
-En efecto -dije- y más en su caso... No debe ser fácil...porque supongo que este “segundo trabajo” es en realidad el principal, mientras que aquello de ser analista político es sólo una pantalla. Y eso lo pone a Ud. en una posición bastante particular...sobre todo por las consecuencias que podría traer...
-¿De donde saca Ud. estas cosas, mi estimado Sr. Jhonson ?
Traté de poner la mejor cara que demostrara confianza en mí mismo, a la vez que trataba de agudizar mi ingenio. Lo estaba por lograr. Estaba a punto de que el Sr. Stalbert me contara lo que sería, tal vez, su secreto más preciado. Mi intuición parecía corresponder a algo, aunque yo lo desconocía completamente.
Fingí algunos estornudos, utilicé mi pañuelo y aparenté quedarme a la espera de algunos más, como quien comienza a manifestar los primeros síntomas de un resfriado. Y todo esto para tener tiempo para pensar y responder a la pregunta que había quedado pendiente. Finalmente se me ocurrió una respuesta, aunque era arriesgada. De todos modos me animé.
-Pues verá –le dije- en realidad no las saco de ninguna parte. Sólo se que su relación con la Casa Blanca lo pone en una situación muy comprometida.
-¿Mi relación con la Casa Blanca? ¿Cómo sabe Ud. de eso...?
-Bueno –le dije, asombrado de que estaba acertando- los políticos, como Ud. sabrá, nos esmeramos lo más que podemos para contar con la mayor información posible. Es parte de las reglas de juego. Hacer política es algo muy embromado, y hasta peligroso. Si uno no cuenta con la información adecuada puede terminar mal.
-¡Vaya! –exclamó con toda ingenuidad- ¡Y yo que me tragué el supuesto desconcierto que manifestó Ud. anoche...!
-No lo hice a propósito –aseguré cínicamente- Sólo quería comprobar, y disculpe, si podía confiar en Ud, Sr. Stalbert.
-No deja Ud. de asombrarme –me respondió, para luego agregar- ¿Y hace mucho que sabe de esto...?
-Bueno –dije, mientras elegía una cifra al azar- déjeme pensar.... más o menos desde hace unos cuatro años...
-¡Exacto! –respondió- ¡Totalmente exacto y coincidente!. Justamente, el proyecto comenzó hace unos cuatro años y medio. Realmente lo felicito. Tiene Ud. fuentes de información estupendas. Mire que he hablado con muchos mandatarios, gente de primer nivel en todo el mundo, para sondear si algo de todo esto se pudo haber filtrado y...¿Qué comprobé...? Nada. No saben absolutamente nada...Pero...¿Qué vengo a descubrir...? Pues nada menos que un viejo político, al cual nadie le presta atención, un vecino mío, que vive apenas a tres calles de mi casa....¡Lo sabe todo! ¿No le parece cómico...?
Yo no lo podía creer. Toda la situación estaba dando un giro impresionante. Por curioso o por lo que sea, me había metido en un terreno muy escabroso. Pero ya estaba en el, y dado que todo parecía estar saliendo bien, prácticamente por una inconsciente racha de buena suerte, decidí abusar del cinismo, para tratar de sacar algo más de información del que parecía ser ahora el “ingenuo” Sr. Stalbert. Y largué mi próxima pregunta, como quien tiene todas las cartas de la baraja.
-¿Y cómo le va con el Presidente? ¿Se reúnen a menudo para pasarle Ud. sus informes...dado que es a él a quien debe rendirle cuentas?
Stalbert frunció el seño, me miró unos momentos y luego, contrariado, declaró:
-¡Pero si yo no dependo del Presidente....! ¿Acaso no lo sabe Ud...?
Me di cuenta que había cometido mi primer error. De inmediato traté de repararlo, antes de que se descubriera mi farsa. Traté de pensar lo más lógicamente posible y decidí arriesgarlo todo.
-Perdón –dije excusándome- Por supuesto que no depende Ud. del Presidente en forma directa, sino que depende del director de la comisión. Me he expresado mal. En realidad, me refería a que el director seguramente le comenta el pensamiento del Sr. Presidente, tras cada informe suyo...Y en cuanto a las reuniones, lo que quise decir es que...
-Si. Si. Ya le entiendo –me dijo, sin saber que me había salvado de cometer un nuevo error- Lo entiendo perfectamente. Se refiere Ud. a la reunión anual que tenemos con el presidente todos los miembros del equipo ¿Verdad?
-En efecto –contesté rápidamente y muy nervioso
-Bueno...si...creo que nos va bien, no sólo a mí sino a todos en general. Aunque claro, ya sabe cómo es el Presidente. Si no fuera por la contundencia de las últimas pruebas que le presentamos a fin del año pasado... seguramente tendríamos hoy una situación distinta.
-Pero en fin... –continuó- todo marcha según lo planeado.... y creo que inclusive va a mejorar...
Hizo un rápido giro con la cabeza y señalándome con el dedo (cosa que me molesta bastante) me corrigió:
-Pero en cuanto a Ud., mi querido amigo, le recuerdo que no conformamos “una comisión”, como dice. Recuerde que somos una junta de Investigación.... – me dijo, como si yo tuviera la más mínima idea de qué se trataba.
Luego levantó la mirada y, pensativo -como reflexionando en voz alta-, agregó con notorio orgullo:
¡Oh si...! Nuestra anónima y fantástica Junta de Investigación y Contacto de Sistemas Eco -Tecnológicos Avanzados... realmente una maravilla a pesar de tan complicado y espantoso nombre... ¿No le parece...?
-Totalmente... y lo felicito –dije, en medio no sólo ya de un cuadro desbordado de nervios sino también de algo muy similar al temor.
En efecto, lo que había comenzado por ser casi un juego de mi parte, ahora se había tornado en algo desconcertante y tal vez peligroso. Pensaba en esto cuando escuché la voz de Stalbert, furioso de orgullo, que me dijo:
-¿Qué le parece, mi amigo, si hacemos un descanso y luego, de lleno, analizamos su tema...? Porque no me va a negar, ahora que ambos nos hemos sincerado, que es oportuno y conveniente aprovechar la realización de sus planes con el aporte que ello pueda significar para la Junta, en cuanto al estudio y control de ésta experiencia.... que puede llegar a ser única...¿No?
-Por supuesto –dije.
-¡Vamos a aprovechar al máximo todas las posibilidades! –aseguré, al mismo tiempo que, excusándome, me dirigí al sanitario.
CAPÍTULO IV
Cuando retorné al estudio, la silla del Sr. Stalbert estaba vacía. Me dirigí a la ventana lateral, corrí la cortina y mire a través del vidrio. Observé que estaba debajo de esa especie de mezcla de lo que podría ser un quincho y vivero a la vez. Mi esposa solía pasar horas en ese lugar...
Stalbert, a la distancia, parecía más relajado. Contemplaba la lluvia y fumaba, al mismo tiempo que se movía tranquilamente en aquel reducido espacio.
Decidí imitarlo, sólo que en la galería y sin cigarrillos. Tendría ahora la oportunidad de aprovechar algunos minutos para reacomodar mis ideas. De todos modos una cosa era segura: ya no iba a indagar más a Stalbert.
Debía prepararme para abordar directamente “mi tema”, como él mismo lo había dicho. Y era lo que iba a hacer. Tenía muchas dudas y preguntas por contestarme.
Después de algunos momentos reingresé a la casa y fui a la cocina. Estaba por comenzar a preparar café cuando sentí que Juana estaba llegando. Lo suspendí y me dirigí al hall de la entrada para recibirla.
-¿Cómo está Ud. hoy, Juana? –pregunté cortésmente.
-¡Uff!. –dijo malhumorada- Déjeme. ¡Con este bendito tiempo! ¡Sólo sirve para complicar las cosas y para que una se pesque un resfriado...!
Me sonreí disimuladamente. No quería ganarme el primer reto del día. Juana tenía algo en su forma de ser y de expresarse que me causaba simpatía y gracia al mismo tiempo, incluso cuando me aplicaba alguno de sus llamados de atención.
Sin decir una palabra, retorne a la cocina y preparé el café. Al minuto Juana ya estaba junto a mí, y se encargó de preparar la bandeja con los pocillos, el azúcar , mi frasco de edulcorante y el café; y llevó todo al estudio.
Yo por mi parte, abrí una puerta lateral y moví mis brazos, tratando de llamar la atención del Sr. Stalbert, para invitarlo a que regrese.
******
Ubicados ya en la oficina, comenzamos a tomar el café en medio del silencio. Creo que ambos sabíamos que ya era el momento. Debíamos charlar. Yo necesitaba ser instruido en detalle y Stalbert debía explicarme. Decidí tomar la iniciativa.
-¿Y entonces?-pregunté.
Me quedó mirando un instante y luego me dijo:
-No le vamos a dar vueltas a la cosa, Sr. Jhonson. Voy a ir directamente al grano: si quiere hacer la experiencia, debemos partir a Buenos Aires en tres días a más tardar.
-¿En tres días?.
-Si.
-¿Y por qué el apuro?.
-Porque el presidente electo de Argentina sólo estará hasta el domingo próximo, y recuerde que hoy también ya es domingo. Si viajamos el miércoles, el jueves por la tarde ya podría Ud. estar hablando con él.
-¡Y de vuelta con lo mismo! –pensé para mis adentros. ¿De qué presidente electo me habla este hombre?. Decidí insistir con mi argumento.
-Sr. Stalbert –le dije- no lo vaya Ud. a tomar a mal, pero ¿puede explicarme de quién me está hablando?. Argentina no ha elegido a ningún presidente nuevo. Ya se lo dije hoy. Es más, el presidente que ha asumido después de los últimos comicios sólo lleva poco más de un año y medio en el poder.
-¡Por supuesto!, ¡Por supuesto!. Disculpe Ud., pero se me olvidó nuevamente. Vea. Se lo voy a explicar. Si, se lo voy a explicar detalladamente, pero recuerde que es de extremo secreto. Y le aclaro que se lo voy a contar porque ya me ha enterado Ud., hace un rato y para sorpresa mía, de que está al tanto del asunto en general. Pero de todas manera necesito su compromiso formal. Porque si lo que le voy a explicar sale de esta habitación... terminaré sin nada y en la cárcel...¿Me entiende, verdad?
-¡Claro que lo entiendo! –aseguré con firmeza - pero dígame ya de una vez como es el tema
-Pues bien. Le contaré. Juan Rubén Salcedo fue elegido....
-¿Quién? –interrumpí.
-¡El nuevo presidente electo!. Fue elegido –le decía- en los comicios de abril, por casi más del 52% de los votos. Ha venido a Buenos Aires hace unos 20 días y, como le dije, se queda hasta el otro domingo.
-Pero...
-¡Si!...ya se. Sigue sin entender. Pero tenga paciencia y déjeme que se lo explique; ¡y ya no interrumpa más!. ¿De acuerdo?
-De acuerdo –dije resignadamente.
-Pues bien. La cosa es así: ¿recuerda lo que hablamos sobre los avances y el rol que tiene y tendrá en el futuro la tecnología...?
-Si –contesté.
-Bien. Preste atención, porque se lo voy a decir una sola vez. A partir de septiembre del 1988, los servicios de inteligencia comenzaron a tener ciertas sospechas sobre algunas cuestiones una tanto ... “raras”... que se estaban comenzando a detectar.
Stalbert hizo una pausa y prosiguió:
-Tal vez el inicio de todo esto fue un tanto accidental y seguramente Ud. recordará algunos casos llamativos, como el de aquel sujeto que fue tapa de los diarios, por haber ganado tres veces la lotería en menos de cinco meses; o el caso del “soplón” que informó a la CIA con todo detalle cómo se produciría un atentado contra nuestro actual presidente (dio tantos detalles que –si no fuera porque el intento fue desbaratado gracias a esa información- ya estaría en la cárcel y seguramente condenado a muerte); o el de aquella misteriosa llamada que alertó acabadamente sobre lo que podría ocurrir con el complejo del World Trade Center, a la que no se le dio importancia y, por lo tanto, nadie se preocupó en investigar y que... lamentablemente, terminó en lo que terminó.... ¿Se acuerda algo de esto...?
-Si, recuerdo estos casos perfectamente, salvo el último que lo ignoraba por completo –aseguré, al mismo tiempo que pregunté:
-¿Pero que tiene que ver esto con...?
-¡Espere! ¡No sea ansioso! –me interrumpió.
Yo me llamé al silencio, como pidiendo disculpas, y al cabo de algunos segundos aunque un tanto contrariado, continuó:
-Bien. A medida que fueron progresando las investigaciones, sobre estos y otros casos más, la conclusiones comenzaron a ser inquietantes y .... fascinantes al mismo tiempo. Porque verá....
Y así, el Sr. Stalbert siguió su relato con toda naturalidad, pero para mí todo era novedad, asombro, admiración y no se cuántos sentimientos más entremezclados.
Estaba comprendiendo muchas cosas: primero, lo mucho que me había quedado en el tiempo; y segundo –para mi vergüenza seguramente- lo absolutamente ignorante que era respecto de la magnífica evolución tecnológica que estaba transcurriendo frente mis narices.
-Por eso –dijo Stalbert cuando estaba finalizando su historia- a principios del 2004 se comenzó a pensar en la necesidad de conformar un órgano especial que se dedique a seguir de cerca esta cuestión. Y así fue como en agosto de ese mismo año entró en vigencia y funcionamiento la Junta de Investigación de la cual –como sabe- soy parte. ¿Lo entiende ahora...?
-Creo que si –respondí- aunque debe comprender Ud. que no es fácil aceptar algo tan... tan maravilloso y ...espeluznante a la vez....
-¡Oh!. No se preocupe. Ya se acostumbrará. Lo importante es que ahora armemos nuestro cronograma, para partir a Buenos Aires. ¿Le parece?
-Si. Por supuesto –dije-. Armemos nuestro itinerario, pero antes quisiera preguntarle algo más.
-Dígame
-Es en relación al Presidente electo...¿Hasta donde lo conoce Ud?.
-En realidad, no demasiado. Sucede que fue la Junta la que hizo el primer contacto con él. Yo intervine con posterioridad. De todos modos, según me informaron, aparentemente es un hombre de un carácter más bien fuerte, sobre todo en situaciones de mucha presión. Y, por otra parte, muy docto en lo filosófico y en el análisis de la historia del mundo....
-No es mucho lo que me dice de él. Pero en fin... diagramemos nuestro itinerario.
*****
CAPÍTULO V
Por fin el misterio se había develado para mi, tras el relato del Sr. Stalbert. En efecto, ahora ya sabía a qué atenerme. Por supuesto, eso no significaba que ya todo estaba bien dentro de mi cabeza. Al contrario, me sentía atontado. A mi edad, enterarme de tantas cosas en menos de veinticuatro horas estaba significando, según lo que sentía, poco menos que un shock. Y encima, a esto se le sumaba ahora la presión de tener que prepararme en muy poco tiempo para un viaje que jamás pensé en realizarlo.
Pero en fin. Así estaban las cosas. Ahora ya prácticamente no había marcha atrás.
Antes, cuando debía viajar a alguna parte, recuerdo que mucha gente se movilizaba en torno a mi: asesores, discursistas, coordinadores y....por supuesto... mi propia esposa.
Pero esta vez sólo estaba yo,.... y Juana....
En fin. Así estaban las cosas. Por lo pronto debía concentrarme en la lista que habíamos confeccionado con Stalbert.
Y la verdad es que lo habíamos hecho en un tiempo record.
Cuando recién eran poco más de las 13:00 de ese lluvioso domingo 2 de noviembre, y de un 2008 tan singular y convulsionado como el que estaba transcurriendo; y cuando el mundo entero no terminaba de temblar por los efectos de una de sus más profundas crisis financieras globales; y justo en vísperas de la elecciones presidenciales estadounidenses del martes próximo..., sin embargo, ya todo estaba planificado....
De la parte operativa, por decirlo de algún modo, se encargaría mi enigmático amigo: reservar los pasajes para el Miércoles 5 de noviembre, gestionar nuestro alojamiento en no sé que hotel de Buenos Aires, aunque pareciera que sería más bien de perfil bajo, contactar al secretario privado del flamante presidente electo Salcedo, pactar la entrevista para el jueves a las 15:00 hs., etc. etc.
Según me dijo, la mayor parte de estas tareas las realizaría por la tarde.
En cuanto al viaje, me anticipó que le hubiera gustado tomar un vuelo de Aerolíneas Argentinas, pero bueno... las cosas estaban complicadas entre una empresa española accionaria y el actual gobierno argentino; y no quería tener ninguna sorpresa desagradable.
Por eso, me anticipó, que lo mejor sería tomar el vuelo de American Airlines, que saldría el miércoles a las 12:10 p.m., desde el Aeropuerto “La Guardia”, de New York, el cual llegaría a las 15:20 a Miami. Allí tendríamos unas cuatro horas de espera, que incluso nos permitirían dar un vistazo a la ciudad, para luego continuar con el vuelo que saldría a las 20:30 hs., con destino a Buenos Aires, llegando aproximadamente al aeropuerto de Ezeiza, el jueves, a las 7:10 hs. de la mañana. Dentro de todo era el viaje más corto, porque sólo implicaría unas 17 horas de vuelo. De éste modo, era totalmente factible hablar con Salcedo ese mismo día a las 15:00 hs.
En lo que a mí concernía, debía encargarme de los temas a charlar con Salcedo. Y conste que no digo “agenda”. No. Todo sería un tanto informal, aunque –por supuesto- sin descuidar la seriedad.
Habría preguntas sobre lo que estaba sucediendo en el mundo y en Argentina, pero también tendría la oportunidad de comparar datos y situaciones políticas ocurridas en los últimos veinticinco años, como asimismo, tratar de ver el futuro, que –evidentemente- no tardaría en llegar....
Además, ya tenía decidido utilizar parte del encuentro para intercambiar reflexiones sobre ciertos asuntos puntuales y escabrosos del quehacer político.
******
La lluvia estaba cesando y comencé a sentir apetito.
Stalbert ya se había marchado y yo, enmarañado con tantas ideas y emociones, de pronto tomé conciencia que el domingo estaba transcurriendo muy rápido....demasiado tal vez.
-¿Domingo....?-dije para mis adentros- ¡Oh!.. no..
-¡Juana..! –grité- ¿Puede Ud. venir acá?
-¡Ya voy...! –respondió, desde algún lugar de la casa.
Esperé unos instantes y Juana no aparecía. Me impacienté, no sólo porque me estaba haciendo esperar, sino porque sospechaba lo que se me iba a venir.
-¡Juana...! –volví a gritar.
-¡Ya voy...! ¡Ya voy...! –replicó un tanto molesta. Y al cabo de unos segundos ya estaba junto a mi.
-¡Que hombre, por Dios...! –me retó - ¡Como si se va a morir por esperar un poco!
Yo hice caso omiso a su queja y le pregunté:
-¿Hoy es domingo, verdad...?
-Pues claro –me respondió un tanto irónica.
-Juana –dije- cuando Ud. viene un domingo es porque...
-Así es Sr. Jhonson. Así es –me interrumpió- Debo ausentarme mañana y pasado. Pero no se preocupe. Dejaré todo en orden.
-Escuche, Juana...-comencé a decir pero volvió a interrumpirme
-Está bien. Esta bien –se adelantó- También le dejaré algunos platos preparados para su cena, sus píldoras ordenadas por dosis y por día, me aseguraré que el periódico llegue a sus manos bien temprano, le avisaré a su hijo para que lo llame a la mañana y a la noche....y verá que todo estará bien.
-¡Juana! –dije, levantando un poco la voz- ¡Es que Ud. no entiende..!
-¡Ja!. ¡Claro que lo entiendo! –ironizó-. Lo que pasa es que Ud. nunca está de acuerdo en que yo no venga por uno o dos días. ¿Se acuerda el escándalo que me hizo la última vez...?
-¡Juana! – grité - ¡El miércoles viajo hacia Argentina! ¿Entiende...?
El silencio emergió rápidamente.
-¿Qué dice Ud.?
-Que el miércoles, Juana, viajo hacia Argentina.
-¿Lo dice en serio?
-Si
-¿No está bromeando, verdad?
-No
La pobre Juana casi se desploma. Quedó un momento en silencio.
-O sea... que no voy a poder...ir a ver a mi hermano... –dijo apenada.
-Le propongo algo –dije por mi parte, demostrando entusiasmo.
-¿Qué cosa...?-preguntó.
-Si Ud. viene hasta el miércoles por la mañana y me ayuda con las maletas y otras cosas....puede tomarse el resto de los días, hasta el otro martes.
-¿En serio? –preguntó ya sonriente.
-Si –afirmé- Y le aseguro que es buen negocio para Ud., ya que podrá estar con su hermano no dos sino más de cuatro días. ¿Qué le parece...?
-¡Oh, Sr. Jhonson! ¡Es Ud. tan bueno ! –me halagó tiernamente, para luego levantarse rápidamente, tarareando una canción y, a paso ágil, desapareció por los pasillos de la casa. Era la faz humana y sensible de la misma Juana que nunca se cansaba de retarme y hacer malas caras o burlarse.....
*******
El lunes por la mañana me aseguré de comprobar que todos mis papeles estuvieran en regla, hice un pequeño listado de cosas para llevar y algunas anotaciones en mi agenda sobre preguntas para Salcedo, que me surgían espontáneamente, en medio de la emoción y alegría por la que estaba pasando.
Juana, por su parte, al mejor estilo “correcaminos”, limpiaba la planta alta al mismo tiempo que la baja, y al mismo tiempo que llevaba y traía camisas, toallas, pantalones y cualquier otra cosa que uno se pudiera imaginar.
Desde hacía mucho que no percibía tan buen clima y alegría en la casa. Hasta Juana parecía transformada: ¡Sonreía todo el tiempo! ¡Algo totalmente inaudito...!
Preventivamente le hablé a mi hijo, para ponerlo al tanto de todo y para preguntarle si me podría llevar el miércoles al aeropuerto. Su respuesta, la verdad, no me sorprendió demasiado.
-Me alegro por ti, papá, pero veo un tanto difícil lo del aeropuerto. Verás, sucede que...
Y bueno. Me dio uno de sus consabidos argumentos. Y que le iba hacer ¿No...?
Hablé entonces con el Sr. Stalbert el cual, según pude captar, estaba tan eufórico como Juana. Solo se limitó a decirme:
-¡Pero mi querido amigo!. ¡Ya se lo dije! . Sé como hacer mi parte. El miércoles iremos al aeropuerto de La Guardia en taxi – y luego agregó – Preocúpese más bien de su parte y de sus cosas, que de todo el resto me ocupo yo...
-Está bien... y disculpe –dije avergonzadamente.
********
El día y las horas que siguieron, transcurrieron, al menos para mi, a una velocidad increíble.
Oportunamente todo estuvo preparado. El esperado miércoles por fin había llegado, y yo ya me encontraba parado en el hall, con la puerta abierta, la maleta grande a mi izquierda, y con el maletín pequeño en mis manos. Esperaba ver aparecer al Sr. Stalbert en el taxi.
Al cabo de un rato, más o menos unos veinte minutos, y al límite del margen de tiempo que teníamos para tomar el vuelo, finalmente llegó. Bajo rápidamente del vehículo al mismo tiempo que me hacía señas para que me apurase.
Juana pulsó el automático de las rejas del portón principal y estas se comenzaron abrir, mientras yo me despedía de mi ama de llaves.
Ya en el taxi, pregunté:
-Sr. Stalbert ¿A qué hora me había dicho que llegaríamos a Argentina?
Para mi asombro, el rostro de mi acompañante estaba prácticamente blanco y tenso. Miraba hacia la ruta, por entre el espacio que había entre los dos asientos delanteros. Parecía tener la cara petrificada.
-Sr. Stalbert –insistí, moviendo su hombro- ¿Sucede algo...?
-¿Qué...? ¡Oh!, disculpe –me dijo, como quién acababa de despertar.
-Le había preguntado yo sobre la hora en que llegaríamos a Argentina –le recordé- pero parece que estaba Ud. muy concentrado. ¿Sucede Algo?-insistí.
-No nada....Bueno si... pero ya se lo voy a contar en el avión. De todos modos, no se preocupe.
******
La verdad es que quedé intrigado por la respuesta de Stalbert. Y, en realidad, hasta preocupado.
Evidentemente algo había sucedido y, a juzgar por su cara, no debía ser poca cosa.
Me quedé pensando, tratando de imaginar qué podría haber sucedido. No creía que fuese nada relacionado a su familia. ¿Tendría acaso algo que ver con el organismo al cual él pertenecía?. No. Tampoco esto me parecía razonable, porque si así fuera, seguramente habría suspendido el viaje.
Pero Stalbert seguía en un mutismo extremo.
Si. Debía ser algo grave... pero ¿qué..?
*****
Cuando el avión terminó su proceso de despegue, me desabroché el cinturón de seguridad y miré a mi silencioso amigo.
Sabía que tenía que tener paciencia, pero –por otra parte- me urgía saber qué estaba sucediendo. Decidí embestir.
-Sr. Stalbert –dije- ¿Me lo va a decir o no...?
Me miró, se quitó los anteojos, se fregó la frente, se volvió a colocar las gafas, respiró profundo, como quien toma coraje para enfrentar un momento difícil, hasta que finalmente rompió el silencio:
-Ha ocurrido algo terrible, Sr. Jhonson....verdaderamente terrible....
-¿De qué habla Ud. ? –increpé.
-De una verdadera tragedia. Si. De una gran tragedia, con consecuencias gravísimas para estos tiempos.... pero principalmente para el futuro.
-¿Me lo va a decir ya de una vez...?
-Ha...ha ocurrido un atentado en Argentina -me explicó
-Dios mío –dije- ¿Un atentado...? ¿Acaso....?
-Si, Sr. Jhonson. Han cometido un asesinato en Buenos Aires, hace apenas una cuantas horas...
-¿Y la víctima...? ¿Quién es...? –pregunté rogando que no se tratara de lo que yo sospeché instantáneamente tras el anuncio de Stalbert.
-Han asesinado a Urtigas...
Quedé perplejo por unos segundos pero reaccioné rápidamente.
-¿A quién...? –pregunté
-A Urtigas, el vicepresidente de Salcedo....¿Se imagina Ud. las consecuencias?
*****
CAPÍTULO VI
Era evidente que Stalbert no quería hablar. En los dos tramos que duró el vuelo (Nueva York-Miami y Miami-Buenos Aires), sólo se había limitado a responder a lo que yo pudiera preguntarle.
Cada tanto sacaba una libreta con tapa dorada, la cual yo nunca se la había visto hasta ahora, y hacía algunas anotaciones. Luego la guardaba y volvía a ensimismarse.
Es cierto que en Miami tuvimos menos tiempo libre del esperado, a causa de que el tráfico aéreo estaba muy congestionado y el avión tuvo que dar varias vueltas sobrevolando la ciudad, hasta poder aterrizar finalmente.
Pero, de todos modos, tuvimos más de tres hora para pasear y tomar algunas sodas. Hubiéramos podido hablar de lo ocurrido con toda tranquilidad, sin tener que cuidarnos de los pasajeros que estaban alrededor de nuestros asientos. Sin embargo, ni siquiera así Stalbert quiso disponerse al diálogo.
Incluso, cuando ya sobrevolábamos Buenos Aires, y el asomo de las primeras luces del alba coincidían gradualmente con la luces de la ciudad, que comenzaban a apagarse por sectores, brindando un espectáculo digno de verse, éste parecía no darse cuenta de nada. Sólo pensaba, hacía anotaciones, limpiaba sus anteojos (gesto que ya me había dado cuenta que expresaba su estado de nerviosismo), y seguía pensando.
*****
Ya en el hotel y antes de desempacar, lo primero que hice fue asomarme a una de las ventanas de mi habitación, correr las cortinas, abrirlas y mirar la ciudad, al mismo tiempo que sentía la brisa fresca que ingresaba.
También encendí el televisor, a sabiendas de las noticias con las que me iba a encontrar: todo el mundo, seguramente, estaría hablando del candidato que habría triunfado en los Estados Unidos.
Mi cuarto estaba al lado del de Stalbert. El hotel no era lujoso pero sus habitaciones eran cómodas. La mía estaba ubicada solo en el noveno piso, y sin embargo, desde la ventana, la vista era espléndida.
Era mi primera vez en Buenos Aires. Antaño había recorrido muchos países del mundo, pero nunca Argentina.
Stalbert me había anticipado algunas cosas. Me dijo, por ejemplo, que no sólo la capital, sino varios otros estados (o mejor dicho provincias, como los llaman aquí), gozaban de muy buena fama por su belleza urbanística en algunos casos, o por el esplendor de su naturaleza, en otros.
Y, aparentemente, no se había equivocado. La vista que tenía ante mi era realmente hermosa, y transmitía una extraña sensación de equilibrio: el tumulto y la tranquilidad parecían combinarse de un modo admirable. Al menos eso era lo que percibía desde el lugar en el que yo estaba.
Observé algunos minutos más y luego comencé con mi maleta, ubicando las prendas en el placard, los elementos de aseo en el baño y separando lo que me pondría para nuestro primer encuentro con Salcedo. De hecho, vi que sería necesario que el servicio del hotel planchara de nuevo al menos la ropa que utilizaría, la corbata, el pañuelo... Si bien la reunión sería sencilla, más o menos de entre casa (tal como la había soñado desde el principio), no por ello quería mostrarme desaliñado.
Estaba en estos menesteres cuando sentí que llamaron a mi puerta. Dejé lo que estaba haciendo, atendí y me lo encontré al Sr. Stalbert.
-¡Sr. Stalbert! -exclamé-. Pensé que estaría Ud. descansando....
-No, mi amigo -contestó-. La situación es bastante delicada y, al menos en lo que se refiere a mí, el descanso deberá esperar.
-¿Pudo averiguar algo más sobre lo ocurrido?
-Si, y le anticipo que ha habido un error en la información que he recibido oportunamente por parte de la Junta. Un tremendo error, de lo cual me ocuparé a nuestro regreso. No es posible que un organismo de tan alto nivel, en todos los aspectos que uno pueda pensar, cometa este tipo de equivocaciones. ¡Mire si yo hubiera actuado según una información errónea! ¿Se da cuenta de lo que pudiera haber pasado....?
-Me doy cuenta, pero todavía no se a que se refiere -acoté y pregunté- ¿Acaso no le han matado al vicepresidente?
-Pues verá... sería una complicación tremenda explicar lo sucedido a...digamos... la gente común. Pero bueno, no es su caso, ya que Ud. está al tanto de prácticamente todos los secretos que rodean a esta situación ¿Verdad...?
-Si, creo que sí -respondí.
-Bien, Sr. Jhonson. En este cuadro... confidencial... debo decirle que el vicepresidente Urtigas fue ciertamente asesinado. Y en Buenos Aires, como le dije, pero ....trate de entenderlo... fue asesinado pero no en "éste" Buenos Aires....¿Me explico, verdad?
Yo primero me quedé perplejo pero felizmente recordé todo lo hablado anteriormente con Stalbert. En realidad me costaba acostumbrarme a los nuevos conceptos, pero seguramente lo asumiría mejor con el tiempo.
-Si -dije-. Se explica Ud. totalmente.
-Bien, en ese caso, comprenderá que no se puede hacer nada... al menos desde "acá"...
-Si -contesté- creo entenderlo. ¿Y entonces...?
-Entonces nada. Todo seguirá según lo planeado.
-O sea que.... ¿Hoy nos reuniremos a las quince con Salcedo? -pregunté.
-Efectivamente, aunque en realidad será a las quince y treinta.
-¡Perfecto! -dije- sin poder disimular mi entusiasmo.
-Si.-dijo Stalbert-. Y además me han confirmado que pasarán por nosotros. Es algo así como un acto de gentileza hacia Ud., por lo que pude percibir.
-¿Hacia mí? -pregunté asombrado.
-Pues... si -afirmó-
-No lo entiendo -dije-. Si ni siquiera me conoce.
-Bueno, mi estimado Sr. Jhonson, hay cosas, detalles diría yo, que aún no se los he contado. Y debo confesarle que ello fue en parte por... prudencia, pero en parte también por olvido.... Y espero que dadas las circunstancias, sabrá Ud. comprenderlo.
-Si...-dije- pero ¿detalles...? ¿Qué clase de detalles?
-Mire -contestó- no es el momento de hablar de esto. Ya lo haremos más adelante. ¿Le parece bien?
-Está bien -contesté un tanto contrariado.
-¡Excelente! -reaccionó imprevistamente Stalbert- Ahora, mi amigo, descanse Ud. un rato y luego prepare con cuidado sus primeras preguntas para el presidente Salcedo.
-La verdad es que ya las tengo preparadas -respondí.
-¡Extraordinario! -dijo mientras se iba, volviéndome a sorprender por el repentino entusiasmo.
La verdad es que, a la manera de las caricaturas, quedé como quién tiene un signo de interrogación sobre su cabeza.
-¿Será que los nervios o el stress lo hacen pasar repentinamente del mutismo a la euforia...? -pensé para mis adentros.
En fin. De todos modos no tenía demasiada importancia. Cerré la puerta y decidí seguir con mis cosas, para poder descansar posteriormente, como bien me lo había sugerido el propio Stalbert.
*****
Como en la lejanía, comencé a sentir suaves golpeteos que, aparentemente, indicarían que alguien estaba tocando nuevamente a mi puerta. Pero a medida que transcurrían los segundos, los sonidos se hicieron más fuertes.
Finalmente.... abrí los ojos....me había quedado dormido. ...
-¡Sr. Jhonson!, ¡Sr Jhonson! -escuché, mientras me pareció reconocer la voz de Stalbert- ¿Se encuentra Ud. bien?
Traté de reaccionar tan pronto como pude y, así como estaba, me esforcé por ir lo más rápido hacia la puerta. Cuando llegué, la entreabrí, y sólo me asomé. Y allí, en efecto, se encontraba Stalbert, indudablemente nervioso a juzgar por su rostro.
-¿Que sucede? -pregunté inocentemente.
-Pero....¿Cómo que sucede...?-me respondió un tanto furioso- ¿No se le ocurre a Ud. mirar cada tanto su reloj?
De inmediato giré la muñeca de mi brazo izquierdo. Eran casi las tres de la tarde.
-¡Santo Dios! -exclamé- Deberá Ud. disculparme. No se lo que me ha ocurrido. Yo recuerdo que....
-¿Que qué le puede haber ocurrido? -me interrumpió sarcástico, para luego agregar:
-¡La vejez, hombre!. ¡La vejez!.
Se ve que yo no terminaba de despabilarme, porque me quedé parado frente a Stalbert, sin hacer ni decir nada.
-¡Señor Jhonson! -gritó Stalbert- ¡Nos están esperando!
-¿Qué?
-¡Que ya han venido por nosotros! ¡Muévase hombre! ¡Vaya a vestirse y lávese al menos su cara, a ver si recupera la lucidez!
-Si, si -dije titubeante- mientras me dispuse obedientemente a hacer todo lo que me indicaba Saltbert, y lo más rápido posible.
Y, efectivamente, al cabo de apenas unos minutos, ya estaba yo totalmente preparado, con todo lo necesario para nuestra primera entrevista con el presidente Salcedo. Sólo me restaba tomar el maletín y podríamos partir.
*****
Ya en el auto, conducido por alguien que parecía ser prácticamente mudo, porque lo único que se limitó a decir, en ingles, y al momento de conocernos fue:
-Good Afternoon, gentlemen. Welcome to Argentine. The Presidente Salcedo is waiting for you.
Si bien, y en verdad, me agradó que nos saludara en nuestro idioma, que nos diera la bienvenida a Argentina y que nos dijera que Salcedo nos esperaba, cosa que tomé como un acto de gentileza casi diplomático, lo cierto era que no podía entender, sin embargo, que después de tan adecuado recibimiento hubiera levantado el cristal que separaba el espacio del conductor del de los pasajeros....
Supuse que sería parte de una especie de protocolo o algo parecido. De todos modos me pareció demasiado formal y hasta un tanto hermético, pues yo me había ilusionando con algo más de “entre casa”, como ya lo dije desde el principio. Pero en fin, tenía en claro que, en todo caso, los que se debían adecuar a las circunstancias éramos nosotros.
Decidí cambiar el curso de mis pensamientos y traté de imaginarme cómo sería el aspecto físico de Salcedo. Por algún motivo me lo imaginaba como una persona alta, tez trigueña, cabello negro, de mirada profunda, prolijo en su vestir y muy cortes en el trato.
*****
Cuando llegamos al lugar, el cual terminó siendo una especie de extenso parque, rodeado de muros y rejas, con un largo tramo de ingreso a una casona que en poco se diferenciaba de una mansión, fuimos conducidos por un laberinto de pasillos hasta lo que, a mi juicio, era la oficina de Salcedo.
Nos hicieron pasar y alcancé a ver al Presidente que, levantándose del sillón de su escritorio, se apresuró a recibirnos y a saludarnos, entremezclando frases en ingles y español (o, mejor dicho, en castellano).
Después de saludarnos, cada uno tomó el asiento previsto. Yo no salía de mi asombro. La figura de Salcedo, lejos de ser cómo yo me la había imaginado...era....era... lo más yanqui (como dicen lo argentinos al referirse a un ciudadano norteamericano), que uno hubiera podido pensar: alto, totalmente rubio, cabello corto, ojos profundamente celestes, y vestido con un elegante traje muy similar a un Armani.
Tal fue mi asombro que, rompiendo el orden de todas mis anotaciones, lo primero que atiné a preguntar, en medio del desconcierto de Stalbert, fue:
-Sr. Presidente, no lo tome a mal, pero....¿Es Ud. Argentino, o al menos latino...?
El hombre comenzó a sonreírse, para luego pasar directamente a la risa sin control. Yo estaba cada vez más confundido, casi paralizado, y sin saber como reaccionar.
-Mi estimado Sr. Jhonson –dijo Salcedo cuando terminó de reírse- Es una larga historia del la cual, por lo que veo, Ud. no está al tanto y deberá reprochárselo luego al Sr. Stalbert.
-¿A que se refiere? –dije.
-Pues vera –me explicó- como le dije es una historia larga. Por lo pronto sepa que mi apellido original es.... es.... es el mismo que el suyo: Jhonson...
-¿Qué...? –dije, al limite de mi capacidad de asimilación de sorpresas.
-Tranquilícese –me respondió-. Seguramente Stalbert se lo explicara en el momento oportuno. ¿Verdad Sr. Stalbert...?
-Sí, por supuesto, Sr. Presidente.
*****
CAPÍTULO VII
Hay momentos en los que uno puede sentirse abrumado de tal forma que, a la manera de un mecanismo de defensa, asume una actitud de aparente indiferencia frente a aquello que lo perturba, para mantener y controlar su propio equilibrio psicológico. Era lo que me estaba pasando. Y fue lo que hice. Me propuse, como si fuera una cosa totalmente irrelevante, hacer caso omiso a tantas ideas y situaciones nuevas, y especialmente a la última sorpresa que tuve respecto del Presidente Salcedo.
Por esto, traté de relajarme lo más que pude, tratando de encontrar la posición más cómoda en mi confortable asiento. Tomé un sorbo de café y me dispuse a iniciar el primero de mis diálogos con el Presidente Salcedo (o, a estas alturas, como fuera que se llamase).
Este, por su parte, estaba en silencio, mirándome fijamente, haciendo un especie de pirámides con las puntas de los dedos de ambas manos, como esperando que tomase yo la iniciativa. Y fue lo que hice, al disparar mi primera pregunta.
-Lo primero que deseo preguntarle es....¿Cómo me debo dirigir a Ud...? ¿Sr. Presidente...?¿Sr. Salcedo...?
-Juan -respondió.
-¿Cómo dice? -pregunté.
-Juan, Sr. Jhonson. Puede Ud. llamarme simplemente Juan.
Este hombre no dejaba de sorprenderme y, por algún motivo desconocido para mí, me comenzaba a caer cada vez mejor.
-Bien, en ese caso... Juan -dije con cierta incomodidad- me gustaría...
-¡Aguarde! -me interrumpió- Quisiera recordarle, Sr. Jhonson, algunas de las reglas que hemos pactado en su momento, con el Sr. Stalbert.
-¿Reglas...?¿Qué reglas?
-¿Acaso no está Ud. al tanto....?
-No -respondí, con cierta ingenuidad.
-¿Sr. Stalbert....? –inquirió Salcedo, evidentemente molesto y ya sin la vivacidad de algunos momentos anteriores.
-Disculpe, Sr. Presidente – se excusó Stalbert –. La verdad es que tampoco en esto lo he podido poner al tanto al Sr. Jhonson.
-Parece que ha omitido Ud. muchas cosas –lo reprendió Salcedo.
-Si...es verdad, señor...y le vuelvo a pedir disculpas. Lo que ha sucedido entre ayer y hoy, fue... demasiado perturbador para mí...
-¿Demasiado perturbador? –ironizó Salcedo-. Voy a hacer de cuenta que no escuche nada, Sr. Stalbert. Porque si una persona como Ud., con los niveles de capacitación y de responsabilidad que le competen, se perturba por algunas cosas, importantes ciertamente, pero que no indican el fin del mundo, me parece que no está a la altura de la circunstancias.
-Pero yo, Sr. Presidente, también soy un ser humano que....
-¡Por favor, Sr. Stalbert! ¡Cállese ya!. No quisiera perder la paciencia, y menos tener que informar a su superiores; y menos a la Casa Blanca....¿Comprende?
-Está bien, Sr. Presidente –dijo resignadamente Stalbert, mientras bajaba la cabeza y centraba su mirada en el piso.
-¡Ah!, otra cosa, Sr. Stalbert –dijo Salcedo, levantado el tono de voz y con manifiesto nerviosismo, aunque tratando de disimular al mismo tiempo-. No lo tome a mal, pero le voy a pedir que se retire de ésta reunión.
-¿Cómo...?¿Por qué...Sr. Presidente?
-Sr. Stalbert –dijo Salcedo-, varios de los contratiempos que he tenido, por llamarlos de alguna manera, se los debo exclusivamente a Ud. Y por los motivos que Ud. bien conoce, los tres encuentros que tendré con el Sr. Jhonson, en estos últimos días de mi estadía en Buenos Aires, son tan importante para mí como para Ud., y para el organismo que Ud. representa. Ya hablamos de esto. ¿Lo recuerda?
-Si señor. Lo recuerdo bien. Pero...¿Por qué me pide que me vaya...?
-No le pido que se vaya a su hotel. Simplemente le ruego que no esté presente en ninguna de las charlas con el Sr. Jhonson. Puede quedarse en cualquier parte de la casona. Yo deseo estar tranquilo para poder dialogar. Necesito estar totalmente sereno, sin nada que “me perturbe”, como diría Ud. ¿Me comprende....?
-Si señor. Lo comprendo pero...¿Cómo quedan entonces los acuerdos que hemos... pactado....?
-¡Sr. Stalbert! –prácticamente gritó Salcedo-. ¡No me irrite más!. Aunque el Sr. Jhonson aún no está enterado, por sus múltiples omisiones, dicho sea de paso, Ud. sí sabe perfectamente que todo diálogo que tengamos quedará, por una parte, grabado; pero por otra, el organismo que Ud. representa, al menos hasta ahora, tiene acceso on line y en tiempo real. De manera que no comprendo cuál es su preocupación...
Stalbert parecía un camaleón, por la forma en que cambiaban los matices de su rostro. Finalmente, tomo su pañuelo, se lo paso por la frente, luego sacó sus anteojos, los limpió, se los volvió a colocar, hizo un gesto de distensión, inhalando y expirando aire, para finalmente concluir:
-Esta bien, Sr. Presidente. Iré a la biblioteca. Ya no lo molestaré más....
-Me parece estupendo –dijo Salcedo, con un sarcasmo que resultaba difícil de disimular.
Y a continuación, ciertamente, tomó su propio maletín de mano, puso dentro de el algunos papeles y se marchó.
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Si bien fueron apenas algunos minutos de un clima muy tenso entre Salcedo y Stalbert, yo quedé....no se si asombrado... pero seguro que la confusión se apoderó de mí.
En un esfuerzo más, traté de aceptar que aún me faltaban muchas cosas por conocer. Mis años en la vida política de los Estados Unidos (tal vez demasiados, por cierto), en esta instancia, parecían no valer de mucho.
Estaba incómodo tras el alejamiento de Stalbert. De todos modos, decidí intentar tranquilizarme, relajarme, y requerir a Salcedo la explicación de las famosas reglas.
-Juan –pregunté, haciendo uso del trato preferencial que se me había conferido-. ¿Puede Ud. ponerme al tanto de las reglas que se han pactado para estas.... charlas que vamos a sostener...?
-Por supuesto, Sr. Jhonson –me respondió-. En realidad son muy sencillas. Se las resumo del siguiente modo: Primero, no me preguntará Ud. sobre mi historia, trayectoria, o planes personales. Segundo, no haremos ningún tipo de mención sobre el asesinato del vicepresidente Urtigas. Tercero, nos limitaremos simplemente a charlar sobre los temas que sean de su interés; y, obviamente, también de aquellos que han despertado mi curiosidad. ¿Está Ud. de acuerdo?
-Por supuesto –dije-. Pero le pregunto...¿Tiene también Ud. cosas para preguntarme...?
-¡Pero claro! –respondió-. ¿O acaso supuso Ud. que esto sería sólo una especie de reportaje, donde Ud. pregunta y yo respondo....?
-No –dije-. Es sólo que pensé que el más beneficiado de.... todo este embrollo... sería en todo caso sólo yo... Nunca se me ocurrió que también Ud.... o mejor dicho...., vos, Juan, también tendrías algún tipo de interés.
-Se está Ud. subestimando –me respondió-. No porque crea que no tiene Ud. el grado de madurez suficiente, a pesar de sus años. Por el contrario, admiro su iniciativa, en los términos que me detalló Stalbert. En este contexto, desde el principio me sorprendió que un político de su talla, quisiera hacer algo así como una síntesis de su accionar político. Y, si bien ya se lo voy a ampliar más adelante, por lo pronto me gustaría que “dispare” Ud. su primera pregunta, como suelen decir en su tierra...
-Si –dije un tanto pensativo y titubeante-. Creo que lo más obvio, como para iniciar nuestro.... intercambio de inquietudes.... lo primero que me gustaría preguntarle, tiene que ver con el concepto de democracia. ¿Qué entiende Ud., cómo vive, y cuáles serían para Ud., los puntos centrales de este sistema de gobierno que llamamos “democracia”, acerca del cual algunos han dicho que “la democracia es el peor de todos los sistemas de gobierno, a excepción de todos los demás...”?.
-Pues verá, Sr. Jhonson, yo creo que...
En ese momento alguien tocó vigorosamente a la puerta. Salcedo se perturbó. Se tomó algunas fracciones de segundo para luego preguntar:
-¿Si...? ¿Qué sucede...?
La voz de una mujer se pudo escuchar detrás de la puerta, la cual, prácticamente a los gritos, exclamaba:
-¡El Sr. Stalbert!…¡El Sr. Stalbert!…¡Por favor que alguien lo auxilie…!
Salcedo se levantó rápidamente y se dirigió a la puerta. La abrió y preguntó:
-¿Qué sucede, Amelia?
-Pues verá, Sr. Presidente –explicó la tal Amelia-. Parece que... el Sr. Stalbert está....muerto....o casi muerto....
-¿Cómo dice....?
-Yo no sé nada de medicina... pero a mi parecer.... el Sr. Stalbert ...no respira....
-¿Cómo es eso posible? –replicó Salcedo.
-No lo sé, Sr. presidente –dijo Amelia-. Lo he encontrado en la biblioteca, con la cabeza descansando en el escritorio, con algo de baba en torno a su boca y, en lo que pude ver, sin respirar...
-Por favor –dijo Salcedo-. Llame de inmediato a la emergencia.
-Sí, Señor.
A continuación , Salcedo se dirigió a mi y me dijo:
-Sr. Jhonson...Vayamos a ver al Sr. Stalbert....
-Por supuesto –dije, al mismo tiempo que me levantaba lo más rápido posible de mi asiento, en el máximo de mi desconcierto y estupor.
******
CAPÍTULO VIII
Cuando llegamos a la biblioteca el escenario coincidía con el descrito por Amelia. Rápidamente Salcedo se acercó a Stalbert, seguramente para tomarle el pulso (mientras llegaba el servicio de emergencia), y probablemente temiendo lo peor.
Ágilmente pero con sumo cuidado, levantó la cabeza de Stalbert, que estaba recostada sobre el escritorio, como para buscar la aorta y comprobar su ritmo cardíaco.
La sorpresa nos dejaría boquiabiertos: en medio de la preocupación y los esfuerzos por comprobar, aunque sea precariamente, el estado de Stalbert, éste -inesperadamente- se irguió con cierta violencia, se fregó los ojos, se puso las gafas, tomo su pañuelo y limpió su boca. Todo con total normalidad y mientras a nosotros por poco no se nos salían los ojos.
Nos miró unos segundos y, seguramente por la expresión de nuestros rostros, preguntó:
-¿Sucede... algo?
-¿Se encuentra Ud. bien...? –preguntó Salcedo.
-¿Yo?. Muy bien, gracias. Se ve que me he quedado dormido, con la cabeza sobre el escritorio y, como verá, parece que esa posición.... bueno... me trajo esta dificultad de... no haber podido contener la saliva. ¿Por qué lo pregunta?
Salcedo miró hacia arriba, como cansado, para luego agregar:
-Por nada, Stalbert... Por nada...
Y nos marchamos, rumbo a la oficina del Presidente.
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Ya en el despacho de Salcedo, y tras haber ocupado nuestros respectivos lugares, todo parecía estar en orden como para seguir (o comenzar, en realidad) con el primero de nuestros diálogos.
-¿Se da cuenta Ud..? -dijo Salcedo.
-¿A qué se refiere? –pregunté.
-Parece que estamos comenzando una tarde.... llena de interrupciones....
-Bueno, Juan -dije-. Lo importante es que aprovechemos lo más que podamos.
-Tiene Ud. razón -afirmó-. Y precisamente, en relación a ello, me había preguntado Ud. qué pensaba yo sobre este... bendito sistema de gobierno que llamamos democracia, sus carencias, sus dificultades, sus virtudes...¿Verdad?.
-En efecto -asentí.
-Pues verá -comenzó Salcedo-. No se ofenda, pero creo que su pregunta es.... un tanto abstracta...muy en el aire....
-¿Cómo dice?
-Claro -dijo-. Básicamente me está preguntando Ud. por algo que es muy parecido a una... definición. Y si ese fuera el caso, como parece serlo, le convendría recurrir, más bien, a un buen manual de política....
El manifiesto sarcasmo de Salcedo realmente me molestó. Me estaba comenzando a hacer sentir bastante tonto. Toda mi vida había defendido los principios democráticos durante mis tiempo de militancia, soportando grandes dificultades y consecuencias por hacerlo; y ahora.... se me estaba diciendo, con entera liviandad, que todo era "muy en el aire".
-La verdad que no lo entiendo, Juan -dije, disimulando sólo en parte mi incomodidad.
-¡Oh!, por favor. No se moleste Ud. -dijo Salcedo, percibiendo del algún modo mi malestar por el curso de la conversación-. Se lo voy a explicar en forma sencilla... muy sencilla...¿Le parece?.
-Pues...sí –dije, aunque con desconfianza.
-Bien. En ese caso, lo primero que debo decirle es que, para muchos, la democracia tiene una "sola pata".
-¿Como...? -dije-. ¿Qué es eso de una sola pata?
-¡Claro! -respondió-. Hoy por hoy, tanto para una buena parte de los gobernantes del mundo democrático, como para la mayoría de los estudiosos y analistas políticos, la democracia, básicamente, es una forma de organizar a la sociedad, a partir del establecimiento de un conjunto de principios, derechos y obligaciones.
-¿Y entonces....?-pregunté.
-Bueno....mi estimado Sr. Jhonson, pasa que, tal pareciera, todos “éstos”, asumen de antemano, que cada principio o postulado democrático, será debidamente instrumentado a través de las instituciones, de los organismos, de las reglamentaciones, y de los procedimientos establecidos en cada país; y que si, eventualmente, algo se hiciera mal, por el motivo que fuera, ello sería corregido por los mecanismos previstos.
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Me quedé un tanto pensativo, tratando de asimilar las palabras de aquel hombre. No me parecía nada nuevo lo que me estaba diciendo. ¡En absoluto!. Es más: su explicación era archi conocida y, ciertamente, no se necesitaba consultar ningún manual; y por lo mismo, en nada constituía una novedad.
Una incipiente decepción se comenzaba a gestar en mi. Si esto iba a seguir así; si Salcedo iba a insistir en la misma forma de razonamiento todo el tiempo... finalmente, creo, me sentiría condenado a seguirle la corriente sólo por una cuestión de delicadeza; pero todo, seguramente, iba a terminar siendo algo terriblemente aburrido.... además, por supuesto, de una también terrible pérdida de tiempo y sacrificios.
De hecho, si en esos momentos hubiera estado Stalbert, seguramente lo hubiera llevado a un lugar aparte y, sin tapujo alguno, le hubiera dicho: ¡Inconciente!...¿En qué me ha embarcado Ud.?
Pero, lo cierto, era que Stalbert no estaba allí y, al menos por el momento, nada podía hacer.
Así es que decidí sincerar la situación, y plantearle a Salcedo abiertamente mis... “inquietudes”, por decirlo de algún modo.
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-Mire Juan -repliqué, resignado ya a develar parcialmente mi desencanto- la verdad es que yo... no veo nada nuevo en esto que Ud. me ha narrado. Y en cuanto a las ideas, no veo nada de malo, por supuesto... Al contrario, un sistema así, como la democracia, orientado desde el principio a organizar adecuadamente a un pueblo, y aún con sus yerros... me parece bastante.... saludable.... Además, de hecho, yo mismo he vivido y pasado por todas estas cosas....y nunca me he sentido mal por las carencias del sistema democrático, sino que, más bien, he sabido disfrutar de todo lo bueno que dicho sistema me permitió hacer, al menos a la gente de mi patria.
-Si, Sr. Jhonson. Seguramente así fue. Seguramente Ud. ya ha entendido y vivido todo esto. Y, ¿qué le puedo decir...?. Sólo que... ¡lo felicito!, hombre -dijo Salcedo, para luego callar y quedarse mirándome, con una nada agradable sonrisa en el rostro.
-Disculpe -dije-. Pero ¿y entonces?
-¿Entonces qué...? -replicó.
-Bueno...-expliqué-. Pasa que no comprendo a dónde quiere llegar...
-¿Pero cómo? -dijo, manifestando un aparente asombro- ¿Todavía no lo comprende Ud.?
-No...creo que no -acepté avergonzado y con un malestar creciente.
-¡Pero Sr. Jhonson! ¿No se da cuenta de que todo lo que le he resumido y todo lo que hemos estado hablando, componen sólo la "primera pata" de la cuestión...?
-¡Discúlpeme, Juan, pero sigo sin entender¡
-¡Tranquilo!, Sr. Jhonson. Le aseguro que ya lo va a entender.
Hizo un silencio, tomo aire, se aflojó y luego prosiguió, con una cierta alteración anímica.
-A ver. Quiero clarificar la cuestión. ¿Me lo permite...?
-Por supuesto –dije.
-Bien, y quiero que me lo confirme: para Ud., tal y como concibe la democracia, esta podrá tener muchas falencias pero... básicamente, es lo mejor que se puede hacer para el bien de un pueblo. ¿Verdad?
-Así es –aseguré con toda firmeza.
-O sea que la organizaciones democráticas de los pueblos, tal y como Ud. las entiende en la actualidad, son, en cierta forma, lo mejor para una sociedad, aún a pesar de sus... “imperfecciones” que, según sus palabras, son corregibles.....
-En efecto –contesté.
-En tal caso, mi estimado Sr. Jhonson, tales “imperfecciones”, como Ud. las llama, le parecen que son leves, medianamente graves, o profundamente graves...?
-Cuando más –respondí como quién habla con toda seguridad, certeza y objetividad-, creo que, considerando la globalidad de la situación, el progreso en la madurez de las clases políticas y, teniendo en cuenta la evolución de los pueblos en cuanto a su conciencia cívica,... tales imperfecciones podrían llegar a ser, como mucho, “medianamente graves”.... según la escala que Ud. mismo propone.
-¿De verdad piensa eso...? –me preguntó con una ironía totalmente explícita.
-¡Por supuesto! –afirmé con énfasis, tratando de revalorizar y potenciar mis propias convicciones.
-Sr. Jhonson. No deja Ud. de impresionarme. ¿Me permite hacerle una nueva pregunta?
-¡Faltaba más! –dije, creyendo saborear anticipadamente la victoria en una confrontación conceptual con una personalidad tan singular como la de Salcedo.
-Bien –dijo, con toda serenidad-. En ese caso, quiero preguntarle si Ud. considera que, ciertas situaciones en el ámbito de los países democráticos, pueden ser consideradas sólo como “medianamente graves”..
-¿Cómo cuales? –pregunté fingiendo asombro y con el ceño fruncido.
-Bueno..., déjeme ponerle solo “algunos ejemplos”, y no necesariamente por orden de importancia...
-Adelante –dije, como quien tiene la carta ganadora.
-Bien... en ese caso, le ruego que piense lo siguiente: La corrupción, que hoy por hoy, está más que enquistada en cualquier ámbito de poder de la mayoría de los países democráticos del mundo, sin un sistema de justicia que actúe, no resignadamente y porque no le queda otra, sino por una vocación entusiasta de dar a cada uno lo que merece... ¿De verdad le parece algo “medianamente grave” ...?
-Bueno yo....
-¡Espere y escuche!, por favor –me interrumpió, con una evidente indignación.
-Está bien –asentí, nuevamente con una actitud resignada.
-La falta del trabajo digno, la pobreza, miseria y hambruna de millones de personas que viven en un orden democrático.... ¿Le parece algo “medianamente grave” ...? ¿Y los millones de niños que fallecen cada año en el mundo por desnutrición; y los millones de ancianos abandonados a su suerte, todos ellos viviendo en “su preciado sistema democrático”, el cual presenta fallas sólo de nivel medio.... ¿Le sigue pareciendo algo “medianamente grave” ...?
-¿Y la cantidad de “generaciones jóvenes”, condenadas a muerte por el consumo de drogas, con el agravante de que, en la mayoría de los casos, esto sucede con el conocimiento y participación de varios de los flamantes gobernantes democráticos....¿Cree que se sigue tratando de algo “medianamente grave” ...?
-¡No! -dije-. Yo creo que...
-¡Déjeme terminar! –me volvió a interrumpir abruptamente.
-¡Piense, por favor...! –dijo, casi descontrolado- ¿Le parece realmente que el tráfico de blancas, negras o del color que Ud. elija; o la reducción de personas a la servidumbre o esclavitud sexual, o el abuso de menores....siguen siendo meros “detalles medianamente graves”...?
-¡Juan! –dije- ¡pare, por favor! ....y ¡déjeme hablar...!
-No, Sr. Jhonson. Hablará Ud. después...
-¡Pero Juan...! –exploté- ¿Se da cuenta adonde ha llevado todo esto...?
-¡Si!, Sr. Jhonson. Estoy perfectamente consciente hacia adonde he llevado todo esto, como Ud. dice....pero le pregunto: ¿Son acaso Ud. y sus amigos, conscientes de lo poco que han hecho para evitar que situaciones como estas se profundicen...aún cuando para ustedes, todo sigan siendo sólo “detalles medianamente graves”...?
-¡Me está ofendiendo! –aseguré-
-¡Oféndase todo lo que quiera...! ¡Así están las cosas! ¡Ud., tal vez por ignorancia, por indiferencia, por cobardía, por complicidad o por lo que sea, en nada ha contribuido a menguar estos males extremos de su pueblo y-mucho menos- del resto del mundo...!
*****
Yo, la verdad y a estas alturas, ya no sabía para cómo reaccionar. Todo lo dicho por Salcedo me pareció como un ataque personal, más allá de que me dio la impresión que estaba fuera de sus cabales.
Estuve a punto de abandonar aquella sala pero, imprevistamente, Salcedo, como adivinando mis intenciones, y con un inesperado cambio de actitud, ahora sereno y conciliador, me dijo:
-Sr. Jhonson: no he querido agraviarlo. De verdad. ¡Créame!. Lo que pasa es que veces, la pasión me lleva más allá de los límites admisibles. Le ruego que.... nos tomemos una pausa, para tranquilizarnos y para que Ud....tenga la oportunidad de reflexionar y descubrir...
-¿Descubrir qué...? –pregunté con desconfianza.
-Lo obvio, Sr. Jonson: debe intentar descubrir cuál es la segunda “pata” que falta a los sistemas democráticos del mundo....
En eso, escuchamos que nuevamente tocaban a la puerta.
-Pase –dijo Salcedo y al menos para mi sorpresa, ingresó nuevamente Amelia.
-¿Qué sucede ahora, Amelia? –preguntó, para luego burlarse:- ¿Acaso se ha vuelto a morir el Sr. Stalbert...?
-No...no, Señor Presidente...-respondió la pobre mujer, bastante avergonzada.
-¿Y entonces...?
-Bueno –dijo Amelia- se trata sí del Sr. Stalbert, pero...
-¿Pero qué...?
-Es mejor que venga Ud. a verlo con sus propios ojos...-aseguró.
*****
CAPÍTULO IX
Repitiendo la reacción que tuvimos la primera vez, salimos de la oficina de Salcedo a toda prisa. Fuimos nuevamente a la biblioteca sin saber con qué nos encontraríamos.
Al abrir la puerta, vimos a Stalbert totalmente descontrolado, despeinado, desalineado, con su camisa por sobre fuera del pantalón. Sus anteojos estaban en el piso, prácticamente destruidos. Stalbert se movía erráticamente. Por momentos se agarraba la cabeza con las manos; después pegaba a las paredes con sus puños; luego secaba su rostro con el pañuelo, siempre moviéndose y susurrando palabras inentendibles.
-¿Qué sucede?, Sr. Stalbert. –preguntó Salcedo.
Como si hubiera recibido un tranquilizante instantáneo, se paralizó por completo. Nos miró, luego bajo los ojos hacia su propia persona, arregló lentamente su ropa, recogió los anteojos, los observó y, casi risueñamente, se dirigió a nosotros diciendo:
-No se preocupen... tengo unas gafas de repuesto.
-¿Qué sucedió? –volvió a preguntar Salcedo.
-¿Suceder?. Nada...nada –contestó sin poder disimular la furia.
-¿Nada...? –pregunté,
-Nada. –dijo-. Solo minucias: he recibido una llamada. Me han despedido, creo... o suspendido...en realidad es lo mismo.... Pero en fin, nada importante, como ven.
-Pero...¿Por qué? –lo interrogué.
-Son gajes del oficio –aseguró, con tono indiferente y aparentemente controlado.
-¿Gajes del oficio...?
-Si. –dijo, al mismo tiempo que centraba sus ojos en Salcedo-. A veces una personalidad “muy importante”, se deja llevar por un impulso... dice cosas... las cuales son escuchadas por el superior de alguien y.....como son dichos de “alguien muy importante”....entonces pasa, a veces, que prescinden de uno....y bueno... es lo que ha pasado.
La reacción de Salcedo no se hizo esperar:
-¿Me está Ud. acusando?
-¿Acusarlo?. ¡No, por favor! ¡Qué va..! –ironizó, haciendo evidente referencia al pequeño entredicho sucedido al principio del encuentro.
-¡Escuche! –dijo Salcedo, con cierto arrepentimiento-. Yo no he querido perjudicarlo de ningún modo. Sólo traté de tener un diálogo sereno con el Sr. Jhonson, y Ud. estaba comenzando a ser un obstáculo, y además....
-¡Pero me perjudicó, Sr. Presidente! –exclamó Stalbert-. Ud. por su temperamento o por lo que fuera, ha arruinado lo más importante para mi.
-¡Espere, hombre! –replicó Salcedo, ya un tanto desesperado-. Tal vez haya algo que yo podría hacer.. para... corregir el daño que, según Ud., le he causado...
-¿Qué según yo...?-se crispó Stalbert-. ¿No fue acaso Ud. el que me pidió, el que en realidad me hecho de su despacho...?¿Acaso se olvidó Ud. que todo era escuchado y grabado, según sus propias palabras....?¿Cómo puede arreglar esto...?¿Acaso tiene una varita mágica...?
Salcedo se tomó uno segundos para luego proponer:
-No. No tengo ninguna varita mágica, pero podría hablar con la Casa Blanca y...hasta incluso... con el nuevo Presidente electo....
-¿Puede hacer Ud. eso...? –preguntó Stalbert, un tanto desconcertado.
-Por supuesto. A veces me agarro algunas rabietas... y no veo ningún inconveniente para así transmitirlo a Washington...
-¿Y estaría dispuesto a hacer algo así por mi...?
-Por supuesto –dijo Salcedo-. Es más: delo por hecho.
-¿En serio...?
-Si, Sr. Stalbert.
-¿Puedo confiar en Ud.?
-Totalmente.
Stalbert pareció recapacitar durante algunos segundos y luego exclamó:
-¡Se lo agradecería tanto!
-¡Quédese tranquilo, hombre! –recalcó Salcedo-. Deje la cuestión en mis manos...
-Se lo agradezco, Sr. Presidente.
-¡Stalbert! –dijo Salcedo en tono conciliador-. También Ud. puede... llamarme Juan...
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Cuando retomamos el diálogo con Salcedo, me predispuse a hacerle notar mi postura:
-Es lamentable, Juan, que todo haya sucedido por un... exabrupto suyo...
-Es cierto, y lo lamento. Pero confíe. Yo mismo arreglaré las cosas.
-¿En verdad podrá hacerlo...?
-No tenga la más mínima duda.
-¿Y ahora, entonces? ¿Qué va a hacer? –pregunté.
-Tiempo al tiempo, mi amigo. Por lo pronto volvamos a nuestro tema.
-¿Le parece...? –pregunté-. Porque para mí, dada la situación, todo es cada vez más confuso. Y no termino de entender eso de la segunda pata....
-No se preocupe. Yo sí lo entiendo, Sr. Jhonson. Y si me deja, se lo voy a tratar de explicar.
-Esta bien -consentí.
-Bien. En ese caso, debo decirle que la segunda pata, se compone básicamente de dos aspectos.
-¿Cuales...? -pregunté un tanto ansioso.
-No se impaciente, mi amigo, porque primero debo hacerle un preámbulo.
Fruncí el ceño, como para expresarle mi no querida resignación.
-Vamos a hacer ciencia ficción. Supongamos -continuó Salcedo- que en Argentina, por cualquier motivo imaginario, como podría ser una epidemia mortal o cualquier otra cosa, no quedara ningún ser vivo. Cero población humana. ¿Me sigue...?
-Lo sigo -dije- pero no entiendo adonde quiere llegar.
-Pero ¿cómo va entender si apenas estoy comenzando? -me respondió con cierta molestia.
-Continúe, por favor -dije, con tono de disculpa.
-Bien. Pero supongamos que, al mismo tiempo y en el contexto de lo absurdo, toda la documentación institucional no sufrió daño alguno: desde el propio original de la Constitución Nacional hasta el último de los decretos o resoluciones, pasando por la totalidad de leyes, proyectos, etc. ¿Me sigue?
-Lo sigo -afirmé
-En este mismo marco, supongamos además que también fueron preservados todos y cada uno de los edificios del estado. Desde la Casa Rosada, el Congreso, hasta el edificio de la última de las municipalidades. Y también toda otra forma de construcción: desde cada una de las viviendas familiares, fábricas, iglesias, hasta cada uno de cualquier otro edificio que pudiera existir. ¿Me explico?
-Se explica -contesté.
-Bien. Por último, supongamos que, frente a tal desastre, el conjunto de las naciones deciden repoblar Argentina enviando, no seres humanos, sino robots, dotados de la mayor inteligencia artificial conocida y con la mejor imitación humana de la apariencia, de los movimientos, de la conducta cívica y moral; y en igual número al de la cantidad de personas que se extinguieron por la epidemia.
-Estos -continuó- estarían tan sujetos a las normas y leyes como lo estuvo el pueblo antes de la extinción; y deberían, consecuentemente organizarse según las normas vigentes y según los estándares legales nacionales, como para asegurar la continuidad de los sistemas productivos, la investigaciones científicas, el sistema financiero, etc. ¿Me sigo explicando?
-Si, Juan -respondí con ironía-. Seré viejo pero todavía comprendo las cosas.
-Está bien, está bien -dijo sonriendo Salcedo, acusando recibo de mi sarcasmo. Luego continuó:
-Ahora dígame Ud., Sr. Jhonson: en ese nuevo "pueblo" argentino.... con sus prácticas democráticas e institucionales; y con costumbres que adquirirá algún día.... ¿Se podría llegar a hablar, alguna vez, de "democracia"...?
Yo me quedé pasmado. No podía creer lo que acababa de escuchar, y menos de Salcedo. Todo lo dicho me pareció extremadamente insulso.
-¡Oh!, por favor, Juan -dije realmente molesto-. Esto es ridículo, como también es ridícula la historia o esa alegoría que me ha narrado.
Era evidente que Salcedo seguía nervioso después de lo sucedido con Stalbert, porque reaccionó exageradamente:
-¡Por favor, limítese a contestar la pregunta..... o bien... márchese...! -me respondió con no menos firmeza y molestia.
Creo que me quedé.... pasmado. Dentro mío, y por una fracción de segundos, realmente consideré la posibilidad de salir disparando de aquella sala. Así como algunas cosas me agradaban mucho de Salcedo, otras me irritaban cada vez más.
De todos modos, sabía que era necesario proseguir. No en vano había hecho miles de kilómetros para hablar con aquel hombre.
Traté de relajarme y, después de algunos instantes , cambiando el tono y eligiendo las palabras lo mejor que pude, dije:
-Juan...escuche....acepte Ud. mis disculpas...creo que lo he presionado sin darme cuenta. Y también... considere que si hay cosas que no entiendo.... no es adrede... trate de tenerme paciencia...
Como si nada hubiera pasado o como si nada hubiera dicho, Salcedo simplemente se limitó a repetir la pregunta:
-Le reitero: en ese nuevo "pueblo" argentino.... ¿Se podría llegar a hablar, alguna vez, de "democracia"...?
-No –dije.
-¿Por qué? –preguntó-. Si tienen la capacidad de organizarse, de seguir y generar leyes, de ocupar cargos políticos, de velar por el bien del conjunto, de emprender obras de infraestructuras, de confrontar posiciones de vistas, de producir, de auto repararse, etc. ¿Por qué no...?
Yo pensé unos segundos y me dispuse a contestar. Estaba comenzando a entender el planteo.
-Juan. -dije-. Aunque es obvio, me obliga Ud. a decirlo. Estos...seres...aunque lograran incluso tener sentimientos; aunque pudieran incluso alcanzar la más elevada forma de la libertad; y aunque supieran sobresalir en ámbitos tan especiales como el de la literatura, el arte, el pensamiento abstracto, etc. etc.; aunque pudieran hacer eso y mucho más.... siempre seguirían siendo un “conjunto”.... y jamás llegarían a ser... “un pueblo”.... formado por seres humanos.... por personas...
-¡Excelente! –dijo Salcedo. No esperaba menos de Ud.
-Pero...¿Para que se tomó Ud. el trabajo de relatarme tamaña ficción, cuando todo es...tan obvio? –pregunté.
-¡Justamente por eso!, Sr. Jhonson. A veces hay que recurrir a extravagancias para rescatar el valor de lo obvio –afirmó, para luego proseguir:
-Pues si, mi amigo. Lo obvio, el pueblo en este caso, es el primer aspecto de la segunda pata de la democracia....
-Podría explicarse porque.... realmente, como ya lo estamos repitiendo a cada instante,.... es obvio.
-¿Lo ve Ud.? –me replicó-. Pareciera que todo es simple y que no hay que explicar nada.
-Y entonces –pregunté-¿Cómo habría que entender todo este...embrollo?
-Vea –dijo-. El pueblo, y no un mero conjunto de robots, es el destinatario primero, principal y excluyente de cualquier otra cosa, a cuyo servicio se debe poner cualquier sistema de gobierno. Y la democracia, no sólo que no escapa a esta regla sino que, por el contrario, por sus características, es la primera en estar implicada.
-Pero eso lo sabemos todos –dije.
-No lo crea, Sr. Jhonson. No lo crea....
-Pero Juan –dije- lo que Ud. está explicando constituye lo más elemental del conjunto de nuestras creencias políticas....
-No... no es del todo así. Sin democracia, un pueblo sigue siendo pueblo, con sus esperanzas y anhelos, y aún cuando quede desorganizado. Un sistema democrático, sin pueblo, simplemente se esfuma, no existe, por más que queden escritas toneladas de constituciones, reglamentos, leyes o lo que fuera.
-Trate de entenderlo –prosiguió-. Primero está la gente, y recién luego un eventual sistema que la organice para vivir ordenadamente y, por cierto, para asegurar su crecimiento y evolución en lo humano, en lo moral, en lo espiritual, como instancia previa para que cada sociedad, cada persona, pueda alcanzar su fin último....
Me quedé un tanto pensativo y comencé a sospechar que Salcedo trataba de decirme algo distinto, más allá de lo que uno podría inferir de sus explicaciones. Me arriesgué y pregunte:
-¿Acaso... me está hablando Ud. de....religión....?
-Bueno –me dijo- si quiere llamarlo así... da lo mismo... religión, trascendencia, misterio...
-Pero Juan –repliqué- todas las democracias del mundo, de hecho, permiten la libertad religiosa... Sigo sin ver adónde quiere llegar...
-Pues se lo voy a decir de otra manera: la escandalosa falla de quienes han pensado y aplicado un sistema de gobierno, como por ejemplo el democrático, consiste en que son grandes ignorantes de si mismos. No saben lo que son y, por lo mismo, ignoran la esencia del pueblo al cual van a gobernar.
-Pero...
-Espere –me interrumpió-. Si Ud. fuera un sastre idóneo, para confeccionarle un traje a alguien no le bastaría con saber sus medidas físicas. Debería conocer también su gusto por los colores, el modo en que a su cliente le gusta combinar los matices, el uso que le daría al traje, las ocasiones en las que lo usaría, los detalles que preferiría...¿Me explico...?
-No –respondí.
-Trato de decirle que en el caso de un traje comprado, realizado previamente por un diseñador, aunque sea el mejor del mundo, es el cliente el que, en el fondo, se debe adaptar a el, más allá de ciertas libertades que pueda tener a la hora de elegir o corregir detalles.
-¿Y...?
-Pues que con un sastre, si se precia de ser tal, la cosa es distinta. Éste debe primero investigar y dialogar con el cliente; debe conocerlo más allá, incluso, de lo que es pertinente para la confección de la prenda; y todo esto a fin de lograr lo mejor para él.
-¿Y...? –volví a preguntar con una cuota de sarcasmo.
-Pues pasa que la democracia, tal y como se la concibe en la actualidad, es como un traje prediseñado, donde las personas mantienen una cuota de libertad, pero deben adaptarse a todo aquello que la mayoría considere como criterio de verdad....
-¿Y entonces....?
-Y entonces, Sr. Jhonson.... los pueblos necesitan otra cosa.... los pueblos necesitan un sastre idóneo... el más idóneo de todos....
Salcedo aspiró profundamente, estiro los brazos tanto como pudo, en un evidente gesto por distenderse después de la tensión por la que había pasado, y luego me propuso:
-Hagamos una pausa, Sr. Jhonson. Tomemos o comamos algo...¿Le parece?.
-Está bien –asentí casi automáticamente. Me sentía totalmente desbordado... y ciertamente cansado.
*****
CAPÍTULO X
Miré el reloj y eran casi las 20:00. El tiempo había volado, aunque a Bs. As. le faltaba bastante para oscurecer. Algo de esto ya me había comentado el conserje cuando llegamos por la mañana. Seguramente él se explicó bien, pero, la verdad, creo que lo entendí solo a medias.
Me dijo que se había cambiado el horario en Argentina, pero que al mismo tiempo no era válido para todo el país; o que en algunas provincias se seguía manteniendo la hora tradicional, o algo así...
Como sea, estaban transcurriendo las últimas horas de nuestro primer día en Argentina.
Con Salcedo y Stalbert ya habíamos tomado gaseosa y Amelia nos había acercado unos bocadillos que ella misma había preparado. Fue prácticamente una cena, bien de entre casa, por cierto.
Habíamos acordado que prolongaríamos el descanso una media hora más, mientras Salcedo hacia “algunas llamadas” para solucionar el tema de Stalbert, y mientras tanto, nosotros (Stalbert y yo), daríamos un breve paseo por los jardines.
Y en eso estábamos: recorriendo, a paso lento, aquellos sinuosos y angostos caminos, que nos hacían descubrir gradualmente la particular belleza del diseño y combinación de los espacios verdes, con las plantas, con algunas rocas que formaban dibujos y, según lo adelantado por el propio Salcedo, con pequeñas luces especiales que, seguramente, se encenderían de un momento a otro, y cambiarían totalmente el escenario, dándole un toque casi mágico. Era, entonces, cuestión de esperar algunos minutos.
-¿Se encuentra Ud. bien, Sr. Stalbert? –pregunté mientras caminábamos.
-Más o menos. Ha sido un día muy intenso y problemático, ¿verdad?.
-Si-dije-. Tiene Ud. razón, pero creo que debe intentar tranquilizarse. Verá que todo se arreglará.
-Tal vez si –contestó- pero mientras tanto me ha causado un gran malestar y... no me he quedado bien. Es más, creo que tengo algo de resentimiento....
-¿Resentimiento? ¿Por qué?
-No es simple de explicar, pero que le baste esto: he trabajado muy duro en estos años. He sacrificado mucho. Y esta....experiencia... de recibir desplantes tras desplantes... creo que me ha... desilusionado un poco. Tal vez le pueda parecer un tanto cursi, pero es lo que siento.
-No me parece cursi. Al contrario, lo entiendo perfectamente. Pero creo que debe Ud. dejar de darle vueltas al asunto. Ya vio el temperamento del Presidente. Parece que es un buen hombre, muy profundo, pero tiene un carácter de los mil demonios...
-Si. Puede ser...
Realmente el hombre no estaba bien, por lo que decidí darle otro curso a nuestra conversación.
-Sr. Stalbert –dije, cambiando de tema-. ¿Sabe a que hora nos marcharemos...?
-¿Marcharnos?.¿Adonde?
-Adonde va ser...al hotel –repliqué
Stalbert me miró extrañado, y luego preguntó:
-¿Es que no le han dicho nada?
-¿Acerca de qué?
-Del alojamiento...
-¿Qué alojamiento? –pregunté.
-¡Oh!, ya veo –protestó-. No le han dicho absolutamente nada.
-Parece que no –dije.
-Bien. Le cuento. Salcedo nos ha invitado a quedarnos estos días aquí. Yo supuse que ya lo habría consultado con Ud. y acepté. Es más, ya nos han asignado un cuarto para cada uno, y nuestras cosas ya han sido traídas del hotel.
-¡Que atrevimiento! –exclamé-. ¿Y con la autorización de quién han invadido mi intimidad, entrando sin mi permiso a la habitación del hotel, tomando mis cosas, sin que yo no sepa absolutamente nada...?
Ante mi protesta, vi que Stalbert sonrió, por primera vez después de los incidentes por los que pasamos.
-No lo tome tan a la tremenda, Sr. Jhonson. Las cosas no funcionan igual en todas partes. Pero de todos modos, estaremos más cómodos aquí. Ya lo verá. Y además podrá charlar con Salcedo durante parte de la noche.
-Ya veo –dije, y emprendimos nuestro regreso a la casona, justo en el momento en que se comenzaban a encender las luces del jardín, brindando un panorama extraordinario.
*****
-Juan –comencé a decir cuando Salcedo me interrumpió.
-Espere, Sr. Jhonson...
-¿Qué sucede...? –pregunté.
-Debemos esperar al Sr. Stalbert antes de reanudar nuestras conversaciones.
-¿A Stalbert...?. No me diga que lo dejará participar de nuestras charlas...
-Efectivamente. Creo que me he comportado de una manera poco... respetuosa. Con él y también con Ud.
-¡No sabe cuánto me alegra! –dije-. La verdad es que estaba bastante desanimado.
-Si. El pobre ha tenido que pasar por varias situaciones difíciles hoy. Y yo, sin justificarme, creo que no he favorecido la situación con mis... actitudes, porque... sabe Ud. el pesar que tengo por el asesinato del Vicepresidente Urtigas.
-Me imagino –dije.
-Dudo que se pueda imaginar. Urtigas no fue sólo un compañero de fórmula. Fue mi mejor... amigo...
En ese momento, entró a la oficina Stalbert. Su paso era ligero y su rostro denotaba alegría.
Ni bien llegó junto a mi silla, me palmeó el hombro varias veces y, con una enorme sonrisa me dijo:
-¡Señor Jhonson!. Si supiera la alegría que siento.
-¿De verdad?
-Por supuesto. Nuestro nuevo amigo...Juan –dijo mientras extendía sus manos señalándolo a Salcedo- ha cumplido con su palabra y...bueno... ya está todo solucionado.
-Es una estupenda noticia.
-Si. Después de nuestro paseo por los jardines, Juan me llamó y pudimos hablar algunos minutos. Está todo arreglado y, además, ya estoy más o menos al tanto de la primera charla que han tenido.
-De verdad, me alegro mucho por Ud.
-También yo –me dijo-. También yo, créamelo...
Por algunos segundos nos quedamos todos en silencio, hasta que Salcedo retomó la palabra para decirnos:
-Bueno... ya que está todo aclarado... podemos proseguir... aunque tal vez sea conveniente que no abusemos del tiempo. Sólo media hora... y después nos vamos todos a descansar.¿Les parece?
-Sí –dijimos casi al unísono Stalbert y yo.
-Bien, en ese caso, ¿tiene Ud., Sr. Jhonson, alguna pregunta?
-Sí. Según entiendo, Ud. no ve que los sistemas democráticos actuales estén ajustados y en sintonía con los requerimientos de los pueblos. Más bien, cree que hay una gran distancia entre un planteo teórico de la democracia y la aplicación práctica de la misma.
-Efectivamente –contestó Salcedo.
-Bien. Pero entonces, ¿hasta donde es realmente posible que cada pueblo genere una democracia “a su medida”...? –pregunté-. Porque pareciera que se caería en una especie de círculo vicioso: modificar las concepciones actuales implicaría la modificación de constituciones y leyes; pero, por otra parte, ninguna modificación de raíz podría ser factible si contradice lo que ya dicen las constituciones o leyes ...¿Me explico?
-Perfectamente –respondió Salcedo.
-¿Y entonces...?
-Nada. Aunque hoy es un camino largo, las democracias del mundo incorporarán en forma obligatoria un aspecto que hasta ahora es opcional.
-¿Cuál...?
-Mi estimado Sr. Jhonson: estamos comenzando a caminar hacia algo distinto. En no demasiado tiempo, a la palabra “democracia” se le adjuntará otro concepto: plesbicito. Vamos camino hacia sistemas democráticos esencialmente plesbicitarios. Ello provocará el equilibrio entre lo teórico y la realidad de cada pueblo, en cada momento concreto de la historia de cada uno. Y este, Sr. Jhonson, es el segundo aspecto de la segunda pata, de la que hablábamos anteriormente.
-No estoy seguro de entender –dije-. En general las distintas democracias contemplan el plesbicito o consulta popular como un mecanismo formal.
-Es cierto. Pero le repito: es un mecanismo opcional. Un jefe de estado lo puede usar o no.
-¿Y ello es... malo? –preguntó esta vez Stalbert con cierta inocencia.
-Muy malo, en mi opinión –aseguró Salcedo-. Fíjese, Sr. Stalbert: hoy la gente vota, normalmente, sólo en ocasión de coronar legítimamente a un poder soberano. En mi país el voto es obligatorio. En el suyo no. Pero aún así, la historia de este país, como la de la mayoría de los estados, demuestran que no alcanza con que el pueblo gobierne “a través de sus representantes”....
-Vea, Juan –intervino nuevamente Stalbert-. Me da la impresión de que camina Ud. por un sendero un tanto... peligroso. ¿Debo asumir que no está de acuerdo con el sistema representativo?
-No. No cuestiono la validez del sistema representativo. Solo digo que no alcanza.
Salcedo se quedó entonces en silencio, mirándonos, y al cabo de unos segundos, tal vez por las expresiones de nuestras caras, dijo:
-Miren: les voy a poner un ejemplo: Todos sabemos cómo funciona la creación de una ley, ¿verdad?. Cuando ingresa un proyecto al congreso, primero se vota la ley en general. Pero luego se la vota en particular. Punto por punto. Lo que les digo se parece a esto. En una elección, el voto consagra un candidato y un plan de gobierno, pero sólo en términos generales. Pero después, con un sistema democrático plesbicitario, tendría la posibilidad de “votar” en particular....
-¿Dice Ud. que cada acto de gobierno debe ser consultado al pueblo? –pregunté-. ¿No le parece que sería enormemente dificultoso, que volvería todo más lento, y que atentaría a la gobernabilidad misma?
-No, mi estimado Sr. Jhonson. No sería dificultoso ni atentaría a la gobernabilidad. En primer lugar, porque no se trata de consultar sobre todo acto de gobierno, sino sólo sobre aquellos que manifiestamente son controversiales para la gente; o que, por la importancia de algunos de los mismos, el pueblo tenga la oportunidad de dar su opinión “en particular”.
Y en segundo lugar, -prosiguió Salcedo- porque hoy implementar algo así puede parecer engorroso, pero en el futuro, y teniendo en cuenta el avance tecnológico, cada ciudadano podría emitir su opinión sobre cualquier cuestión desde cualquier parte: desde su casa, desde el micro, desde su lugar de trabajo...¿Me alcanzo a explicar...?
-Si. Se explica Juan –dije-. Pero, de todas maneras, me sigue pareciendo algo muy complicado. ¿Se imagina lo que implicaría armar una eventual consulta a cada rato, disponer de la infraestructura necesaria, asumir los costos, etc. etc.?
-En realidad, no me lo imagino –respondió Salcedo-. En realidad... tengo conocimiento cierto....Recuerde de donde provengo, Sr. Jhonson.... En estas últimas elecciones que he ganado, por ejemplo, noventa y cuatro millones de argentinos expresaron su voluntad en menos de seis horas. Y en el gobierno del que ahora será mi predecesor, se efectuaron más de setenta consultas populares, sin complicaciones y con cero costo para el gobierno. Por eso, le repito, no se olvide Ud. de donde provengo; y no se olvide de todo lo que le ha contado el Sr. Stalbert, antes de venir a Argentina.
Quedé en silencio, mientras con el rabillo del ojo puede ver como Stalbert comenzaba a asentir con la cabeza.
*****
Ya en la soledad de mi nuevo cuarto, me resultó imposible dejar de pensar. Por una parte, las afirmaciones de Salcedo me seguían pareciendo hasta descabelladas. Pero por otra, él tenía razón: con Stalbert ya habíamos hablado sobre cuestiones similares. Y las ideas de Salcedo no solo que no eran un disparate sino que, en cierta forma,....ya eran una realidad....
Si no quería confundirme a cada rato, evidentemente la clave estaba en no olvidarme de dónde provenía este presidente electo, como el mismo me lo recordó...
CAPÍTULO XI
La alarma del reloj marcó el fin de mi descanso. Había dormido bien y me sentía relajado.
Después de ducharme, lo que más quería era desayunar. Sin embargo, por advertencia de Stalbert, ya sabía que debería esperar un poco y que no debía ilusionarme demasiado. Aquí, en general, no se le daba tanta importancia a la primera comida del día.
Habíamos acordado que nos reuniríamos a las 7:30 hs. en el comedor diario. Después del desayuno, Salcedo tenía previsto sólo un encuentro no sé con qué personalidad de la política local. Aparentemente sería una reunión corta, de una media hora, según también me lo había anticipado Stalbert.
Y después, aparentemente, Salcedo estaría disponible para continuar con nuestras charlas, hasta la hora del almuerzo.
Como dije, el descanso me había hecho muy bien.
A pesar de mis años, no había quedado ni rastro de la fatiga del día anterior. Hasta yo mismo estaba sorprendido, y en cierta forma orgulloso. ¿Quién lo diría, no?. A mis años, vivir y sobrellevar con normalidad días tan agitados, estresantes y complicados, no era algo que mi ego estaba dispuesto a dejarlo pasar por alto.
Pero en fin. Seguramente, todo lo que estaba viviendo se entremezclaba con el entusiasmo, con el asombro... pero también con mi propia “chochera”.... como me explicaron que se acostumbraba a decir en estas tierras, cuando alguien se quería referir a las mañas, fantasías y sensibilidades de los viejos.
*****
Cuando ya estuvimos ubicados nuevamente en la oficina de Salcedo, lo primero que pude percibir fue el buen humor general. Realmente los tres estábamos de buen ánimo y dispuestos a avanzar en nuestros diálogos.
Decidí tomar la iniciativa y, tras sacar mi anotador, me dispuse a formular mi primera pregunta. Para sorpresa mía, Stalbert extrajo del bolsillo de su camisa aquella singular libreta dorada que yo le había visto en el avión y, aparentemente, se preparó para hacer sus propias anotaciones.
-Juan -comencé- retomando la cuestión plesbicitaria, me ha quedado una duda....
-Adelante, Sr. Jhonson. Dígame...
-Bien. Cuando se hace una consulta o plesbicito al pueblo, entiendo que se debe explicar adecuadamente el tema o materia sobre lo cual éste se debe pronunciar. ¿Verdad?
-Efectivamente.
-En ese caso..¿Cómo se garantizaría que las personas entiendan adecuadamente una tema en particular, dada la normal complejidad que entrañan las decisiones de gobierno?
-En realidad no es.... perdón....no sería tan complicado. Hay varias posibilidades. La que mejor ha resultado.... perdón nuevamente.... la que probablemente sería una de las mejores, consistiría en la creación, dentro del Congreso, de una Comisión de Interpretación. Esta tendría como función principal sintetizar en lenguaje sencillo pero no confuso, la cuestión central, como también, la enumeración de los aspectos positivos y negativos de la misma, según el análisis que hayan aportado previamente tanto las fuerzas políticas que estén a favor como las que estuvieran en contra.
-Interesante -dije.
-Perdón -intervino Stalbert-. Pregunto: ¿No llevaría demasiado tiempo que una eventual Comisión de Interpretación pueda lograr dicha síntesis...?
-En la práctica -respondió Salcedo-...disculpen nuevamente.... en teoría.... según los estudios realizados..., una vez que las posiciones de las fuerzas políticas y comisiones técnicas, es decir, oficialismo, oposición, y especialistas, hayan llegado a la Comisión, esta podría confeccionar el formulario completo de consulta al pueblo en.... digamos.... menos de un día.
-Interesante... muy interesante -repetí.
Luego reflexioné unos segundos y comprendí que debía seguir analizando esta.... teoría de Salcedo. Pero por lo pronto, quería comenzar a abordar otra cuestión.
-Juan -dije- cambiando un poco de tema y ya que lo ha mencionado....¿Cómo interpreta Ud. lo que llamamos normalmente "oposición" dentro de un régimen democrático...? ¿Cómo piensa que se debe comportar...?
-Le diré una opinión muy personal, Sr. Jhonson. A mi juicio, sólo se puede llamar "oposición" en sentido estricto a aquella fuerza que estuviera adecuadamente preparada para asumir el gobierno en cualquier momento del mandato del oficialismo.
-¿Cómo dice Ud.? -pregunté asombrado.
-¡Eso! -me acompaño Stalbert- ¿Qué quiere Ud decir..?
-Tranquilos...-respondió Salcedo con cierto sarcasmo-. No se espanten... mis amigos...
-Pues explíquese Juan –exigí.
-Con todo gusto, Sr. Jhonson -dijo, al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa.
-Pero no se pongan nerviosos... mis amigos.... todo tiene su explicación.
-Seguramente –dije.
-Así es –comenzó Salcedo- y en realidad es algo sencillo. Fíjense que si se toma estrictamente el concepto de “oficialismo”, a lo que uno alude es al partido que ha logrado coronar como gobernante a uno o varios de sus líderes, normalmente en diversos niveles del gobierno. Así, oficialismo es el partido que gobierna, y no sólo el conjunto de simpatizantes o adherentes a la ideología del mismo.
-Eso ya lo sabemos, Juan –dijo Stalbert con cierto desgano e ironía.
-Seguramente –replicó Salcedo-. Lo que no parece entender Ud., Sr. Stalbert, es que si habláramos de “oposición” desde esta misma perspectiva, entonces terminaría Ud. dándome la razón: si el oficialismo es el que gobierna, según su propia visión y según sus propios lineamientos, los cuales fueron propuestos, debatidos y difundidos en los tiempos de campaña... entonces la oposición.... que en aquellos momentos hizo lo mismo aunque no llegó al gobierno... es la que debería estar en condiciones de... hipotéticamente...asumir la conducción de un país en cualquier momento.... y no sólo conformarse con ser algo así como una... agrupación de lideres, de uno o varios partidos que, eventualmente, se preparen a futuro para gobernar....
-No se... –dije-.Entiendo su planteó pero suena tan... abstracto...tan ...no se...
Evidentemente mi cara de desconcierto le causó tanta gracia a Salcedo que éste no se pudo aguantar la risa. Comenzó y no podía parar, aunque lo intentaba continuamente, diciendo cosas como:
-Señor Jhonson, disculpe Ud. pero....
Y luego volvía a reírse, tapándose parcialmente el rostro con la mano, e incluso refregándose los ojos a cada instante, para limpiar las lágrimas que su propia risa le causaba.
Mientras esto sucedía, me di cuenta que tenía dos opciones: o daba rienda suelta a mi creciente ira, o me hacía el indiferente, mientras esperaba que aquel hombre terminase de reírse. En verdad, creo que me estaba inclinando hacia lo primero, hasta que miré el rostro de Stalbert y comprendí que el mío no podía ser peor, por lo que comencé también yo a sonreírme..... la cara y la gesticulación mandibular de Stalbert me comenzaba a resultar espantosamente graciosa, al punto que también yo terminé a las carcajadas, en sintonía con Salcedo, hasta que una voz nos llamó al orden:
-¡Señores!. ¡Por favor!. Seamos serios.... –exclamó Stalbert, tras ponerse de pie y mirarnos a ambos con la mayor cara de recriminación de la que fue capaz.
Ambos los miramos y.... su enojo... su cara... nos causó más gracia todavía.... y de vuelta explotamos en risas. Esta vez, también yo tuve que comenzar a secar las lágrimas de mis ojos, al tiempo que pude entrever cómo Stalbert se había quedado prácticamente paralizado, con los ojos saltones, mirándonos una y otra vez, y en forma alternada, a Salcedo y a mí.
Luego, el pobre hombre se sacó los anteojos, se sentó, se agarró la frente con la mano derecha, bajó la cabeza, y también comenzó.... a sonreír primero, y a reír a sus anchas después...
Así estuvimos unos minutos, mientras gradualmente nos comenzábamos a calmar. Finalmente la serenidad se hizo presente y todos fuimos recobrando la seriedad, aunque por instantes volvía la tentación de comenzar todo de vuelta.
Creo que ninguno de los tres supo bien qué fue lo que produjo ese contagio de humor. Lo cierto es que después, Salcedo se puso de pié y confesó:
-Creo que así no podemos seguir. Me parece conveniente que hagamos un... recreo...de unos ¿veinte minutos...?¿Les parece bien?.
-Si, Juan. Está bien. –dije.
-Cuando volvamos –anticipó entonces Salcedo- terminaré de responderle, Sr. Jhonson, lo relativo a lo que pienso sobre la oposición.
-No hay problema –asentí mientras comencé a hacer mis primeros movimientos para levantarme de mi asiento.
En eso estaba, con Salcedo de pie detrás de su escritorio y Stalbert todavía sentado, limpiando sus gafas, cuando llamaron a la puerta.
-Adelante –respondió Salcedo.
Para sorpresa de todos, entró Amelia a toda prisa, agitada, prácticamente corriendo. Cuando llegó más o menos a mitad del trayecto que había entre la puerta y el escritorio de Salcedo, dijo:
-¡Sr. Presidente!¡Apresúrese!
-¿Qué sucede Amelia?
-El Sr Stalbert está llamando a su línea privada de la biblioteca. ¡Apresúrese! ¡Dice que es urgente!
-¿Quién...? –preguntó Salcedo totalmente desconcertado.
-¡El Sr. Stalbert!. Dice que es urgente. ¡Vaya Ud. de una vez a atender esa llamada!
Evidentemente Salcedo (todos) no podíamos creer lo que estábamos escuchando.
-Amelia...-dijo Salcedo con una tranquilidad espantosa- ¿Se encuentra Ud. bien...?
-Si, Sr. Presidente.
-¿No ha tomado alguna bebida....extraña....?
-No, Sr. Presidente.
-¿No ha tenido algún accidente doméstico... que haya golpeado su cabeza...?
-No, Sr. Presidente.
-¿Ha dormido Ud. bien anoche...?
-Si, Sr. Presidente.
-¿Está completamente segura de que es el Sr. Stalbert el que está en la línea privada de la biblioteca...?
-Si, Sr. Presidente.
-¿Ha reconocido Ud. sin ningún tipo de dudas la voz del Sr. Stalbert...?
-Si, Sr. Presidente.
-Esa voz...¿Le dijo que era el Sr. Stalbert...?
-Si, Sr. Presidente.
-Podría, entonces, ir al teléfono de la biblioteca y confirmarme que el Sr. Stalbert sigue en la línea...?
-Si, Sr. Presidente –dijo Amelia, al mismo tiempo que salió disparando para cumplir con el encargo de Salcedo.
En segundos estuvo de vuelta y Salcedo le preguntó:
-¿Y...Amelia?.¿Sigue el Sr. Stalbert en la línea...?
-Si, Sr. Presidente. Y sigue afirmando que es urgente que Ud. lo atienda de inmediato.
-Bien. Bien....bien...bien… Ya veo... -prosiguió Salcedo, para luego preguntarle a aquella pobre mujer, que lo miraba fijamente todo el tiempo, con un ritmo acelerado en su respiración:
-Dígame Amelia: ¿A cuántas personas ve Ud. en esta sala...?
Amelia trago un poco de saliva, parpadeo unos segundos, luego dejó de focalizar a Salcedo y recorrió rápidamente la sala con su mirada, para luego responder:
-Pues, yo veo a tres personas, Sr. Presidente....
-¿Sabe quienes son...?
-Por supuesto, Sr. Presidente. Está usted,... está el Sr. Jhonson y está ...¡Ay, Dios mío...! Está también el Sr. Stalbert....
La pobre Amelia comenzó a parpadear a una velocidad increíble, y por sus gestos enseguida nos dimos cuenta que se estaba mareando, y que era probable que se desvaneciera, de modo que los tres corrimos para auxiliarla.
*****
CAPÍTULO XII
Es increíble cómo ciertos imprevistos tienen la capacidad de paralizarnos y, en cierta forma, atontarnos de un modo abrumador.
El episodio de Amelia no había requerido, de nuestra parte, un gran esfuerzo físico para atenderla y luego tranquilizarla, pero ciertamente nos puso nerviosos y nos distrajo.
En efecto, habíamos recostado a la pobre mujer en uno de los cómodos sillones de lo que parecía ser una especie de sala de espera. Encendimos la refrigeración y le acercamos agua para beber.
El propio Salcedo se ocupó, de a poco, de hablarle casi al oído, en voz baja, y vaya a saber qué fue lo que le decía. Lo cierto es que resultó. Porque ni siquiera fue necesario llamar a ningún servicio médico de emergencia.
En efecto, gradualmente y después de unos minutos, Amelia fue recobrando su plena conciencia y parecía tranquila. Respiraba normalmente y, cada tanto, asentía con la cabeza a lo que Salcedo le decía en voz baja.
En fin. Aún en medio de las tensiones, todo parecía volver a la normalidad, hasta que....casi al mismo tiempo, Stalbert y yo caímos en la cuenta de que el teléfono seguiría descolgado en la biblioteca, y que alguien del otro lado, que decía ser el mismísimo Stalbert, eventualmente seguiría esperando para ser atendido por el Presidente.
Me fui acercando entonces a Salcedo. Éste, un tanto reclinado, seguía diciéndole cosas a Amelia. Yo toqué su hombro y, cuando giró su cabeza para mirarme, le hice un gesto con mi dedo índice, indicándole la puerta de la biblioteca, como para recordarle el asunto de la llamada.
Resultó evidente que se había olvidado completamente del tema, pues reaccionó rápidamente y corrió hacia el teléfono, llevándose por delante la puerta de la biblioteca, que estaba parcialmente abierta.
Nosotros nos quedamos exactamente donde estábamos, en completo silencio y máxima concentración, como tratando de dirigir nuestros oídos hacia el teléfono, en un iluso intento por escuchar lo que Salcedo pudiera decir.
Pero para sorpresa nuestra, Salcedo no tardó ni un minuto en regresar. Esta vez a paso tranquilo, sin mirarnos, y sin pronunciar ni una sola palabra. Sólo se limitó a dirigirse nuevamente a Amelia, a quien otra vez le susurró algo al oído. La mujer volvió a asentir con la cabeza y luego se levantó del cómodo sillón, aparentemente para seguir con sus tareas habituales.
Salcedo, por su parte, con cierto aire de indiferencia, se acomodó un poco la ropa, arregló los puños de su camisa y retocó el cuello de dicha prenda. Luego, con toda naturalidad, nos observó durante algunos segundos, al cabo de los cuales, como quien pensara que “acá no ha pasado nada”, nos dijo:
-Señores, todo ya está bien. Podemos volver a la oficina.
Para mí fue un nuevo momento de tensión. Se suponía que nos debía una explicación, y el mutismo de Salcedo....no explicaba absolutamente nada....
Estuve a punto de reaccionar, pero Stalbert se anticipó:
-Juan –dijo-. ¿Y...? ¿Qué ha sucedido...?
-Nada, hombre. ¿No ve que Amelia ya está bien?
-¡Juan! –replicó enfatizando Stalbert- ¡Le estoy preguntando qué ha sucedido con la llamada que le hice al teléfono de la biblioteca!
-¿Qué Ud. me llamó a la biblioteca...? –ironizó Salcedo.
Stalbert quedó descolocado y avergonzado, al comprender que se había expresado tan mal que hasta daba gracia. De todos modos se recompuso enseguida, y volvió a dirigirse a Salcedo.
-Ud. me entiende, Juan. Me refiero a la bendita llamada que recibió de alguien que decía ser yo mismo...
-¡Ah!..eso...No. No paso nada. La comunicación ya se había cortado....
Se nos quedó mirando nuevamente y, seguramente a juzgar por nuestros rostros, nos aclaró:
-Pero no se preocupen. Creo saber lo que ha sucedido. Les aseguro que el Sr. Stalbert... es decir.... aquel que dijo ser el Sr. Stalbert.... volverá a llamar. Y les aseguro también que lo va a hacer a la brevedad. De modo que no hay de qué preocuparse....creo...
-¿Dice Ud. que sabe lo que ha sucedido? –pregunté.
-En efecto, aunque no estoy totalmente seguro.
-¿Podría...comentarnos entonces lo que Ud. supone que ha pasado...?
-Tiempo al tiempo, Sr. Jhonson. Tiempo al tiempo.... ya llegará el momento. Por lo pronto, volvamos a la oficina...¿Les parece...?
Nos miramos con Stalbert y, resignados, ambos dijimos que si. Por mi parte, pude notar que, detrás de la aparente calma de Salcedo, algo lo estaba perturbando.... y para mi todo estaba relacionado con la llamada.
*****
Realmente el clima no era el mejor, pero debíamos continuar. Creo que los tres éramos conscientes de que debíamos poner nuestro mejor esfuerzo. Después de todo, el tema puntual que estábamos tocando, era por demás importante.
Además, me había quedado la impresión de que detrás de la risa de Salcedo, antes de la interrupción de Amelia, había quedado algo.... no se qué, escondido. Estaba seguro que el Presidente no sólo tenía, sino que quería decirnos algo más sobre la cuestión de la oposición.
Decidí entonces darle pie y pregunté:
-Juan...pensar a la oposición del modo en que Ud. lo ha planteado...¿No sería cómo.... llevar la cuestión al límite, al extremo?. ¿No sería como teorizar demasiado, sin tener en cuenta el rol cotidiano de control y colaboración de los frentes opositores en relación a un gobierno en particular...?
-Para nada -dijo Salcedo-. Es más. Desde mi ingreso a la política he defendido el rol constructivo de la oposición en los sistemas democráticos.
-¿Entonces...? -pregunté.
-Lo que sucede es que hay otro tema detrás. Pensar en un partido opositor, sólo como aquel que debe controlar y al mismo tiempo ayudar a un gobierno, sería como caer, a mi juicio, en un... reduccionismo....
-Pero Juan -dije-. Hablando en términos generales....¿Qué más puede hacer la oposición...?
Salcedo me quedo mirando fijamente durante unos segundos y luego exclamó:
-Bueno, Sr. Jhonson.... Puede, por ejemplo, evitar.... un golpe de estado....
-¿Qué...? -dije, en el colmo de mi asombro. Este hombre verdaderamente no dejaba de sorprenderme.
-Tal como lo oye.
-Pero... ¿Cómo...?
-Mire. De muy buena fuente, me consta la existencia de un... esquema....por llamarlo de algún modo, que contempla una comisión judicial especial, compuesta por jueces y supervisada por la Suprema Corte. Esta comisión tendría por tarea la vigilancia permanente del accionar de un gobierno en todos los aspectos.
-¿Y entonces..?
-Bueno.... entonces cuando se produjera o detectara.... “algo”.... de tal envergadura que hiciera suponer un inminente desastre nacional a nivel político, económico y social....entonces, le decía, intervendría esta comisión especial, acorde al derecho que le asistiría en virtud de una previa reforma constitucional....
-¿Intervendría...?¿Cómo...?
-Básicamente, a través del diálogo ágil y concreto, con los máximos representantes de los poderes del estado y los jefes operativos de más alto rango de las fuerzas armadas.... sea cual fuere el gobierno del que se trate. Y todo esto, en el marco una declaración formal que, sustentable y fundadamente, declare un cuadro institucional en estado de... por decirlo de alguna manera.... “alerta roja”....
-¿Y que se supone que se conseguiría con eso...? -pregunté.
-Normalmente, en este primer encuentro no se consigue.... perdón... se estima que no se conseguiría demasiado.... Sin embargo, algunos...estudios... muestran que dentro de las siguientes treinta y seis horas, la mencionada comisión obligaría a una nueva reunión, con los mismos actores ya mencionados.
-¿Y entonces? –preguntó Stalbert.
-Y entonces, Sr. Stalbert, la comisión solicitaría al Poder Ejecutivo del Estado que.... renuncie...
-¿Qué renuncie...? –incrédulo por lo que acababa de oír, volvió a preguntar Stalbert.
-Pues...si. Que renuncie... y con todo su gabinete...
-Pe...pero –tartamudeó mi asombrado amigo-. ¿Cómo quedaría la situación? ¿Qué pasaría con el respeto al voto popular? ¿Cómo reaccionaría el mundo? ¿Y cómo quedarían las Fuerzas Armadas? ¿Y cuales serían las consecuencias económicas? ¿Y, además....
-¡Pare un poco! –lo interrumpió Salcedo-. ¡No puedo contestarle todas las preguntas al mismo tiempo...!
Stalbert se llamó por unos segundos al silencio para luego justificarse:
-Esta bien...está bien..Juan. Lo que sucede es que... me ha tomado Ud. tan ....de sorpresa... que me consume el.... desconcierto y la ansiedad...
-Lo entiendo, no se preocupe. Por lo pronto, y para su tranquilidad, le sintetizo ahora la cuestión y luego, dado que ya es casi el medio día, por la tarde le daré otros detalles. ¿Le parece?
-Si, por favor.
-Bien –continuó Salcedo-. Digamos que... sea por las explicaciones dadas por la Comisión, o sea por la fundamentación de la gravedad de las mismas, o sea por los informes de Inteligencia, tanto nacionales como internacionales... le puedo asegurar que... el Poder Ejecutivo realmente terminaría por aceptar la....invitación a... renunciar en bien del país y del suyo propio, para dejar su lugar a otro...
-Pero...¿A quién...? –pregunté.
-¡Sr. Jhonson...! ¡A la oposición, naturalmente!. O mejor dicho, al partido opositor que haya salido segundo en las últimas elecciones presidenciales...¿Comprende ahora por qué afirmé antes que “oposición”, en sentido estricto, es aquello que tenga la capacidad gobernar a una sociedad en cualquier momento o circunstancia de la vida de un país?. ¿Es tan difícil de entenderlo?
-No...bueno... si...es un poco difícil –dije-. En realidad... son ideas a las cuales no estamos...acostumbrados....
-También le puedo asegurar –aseveró Salcedo- que ya se va acostumbrar. Y no sólo Usted. Ya lo verá... Y le repito una vez más: recuerde de dónde provengo.
-Si. Si. –dije, para luego preguntar-. Pero en todo caso, esta nueva... visión del rol de la oposición...¿Cómo se plasmaría en la práctica?
-En realidad es sencillo. El nuevo partido que asumiera la Presidencia, con un gabinete propio, tendría como objetivo principal pacificar al país, estabilizarlo en todos los órdenes que le fuera posible, y llamar a la primera oportunidad a nuevas elecciones.... y todo esto con el apoyo institucional de las Fuerzas Armadas.
-¿Así de simple? –ironicé.
-Así de simple, mi estimado Sr. Jhonson –me respondió, con no menos ironía. Cambié entonces el tono y el eje de la conversación y pregunté:
-Ahora...-dije-¿No le parece que el mundo, que las distintas sociedades... ya han... desechado, en cierta forma, la posibilidad de golpes de estado militares en los tiempos actuales...?
-No. No me parece, y le explico por qué. La historia de los pueblos del mundo muestra que los golpes militares son....digamos... algo así como cíclicos. Pueden suceder varios, en distintos países, y casi al mismo tiempo. Frente a ello, los pueblos primero reaccionan con énfasis y claman por la vuelta de la democracia. Luego, cuando la reconquistan, desde distintos sectores esbozan frases como “nunca más...”. Finalmente, cuando transcurren varios años de nueva vida democrática, normalmente suceden dos cosas: por una parte, se enjuician gradualmente a los militares que fueron actores en el último golpe; y, por otra parte, periódicamente se realizan festejos por el aniversario de equis cantidad de años de democracia. Hoy es viernes siete de noviembre. Y, por ejemplo, dentro de poco más de un mes, el diez de diciembre para ser exacto, se festejarán en Argentina los veinticinco años de vida democrática después del último golpe. Todo esto está muy bien... pero sin embargo.....un eventual desmanejo de quienes conducen un país.... nunca se sabe las consecuencias que puede traer....
-¿Dice Ud. que siempre está latente la posibilidad de un nuevo golpe...?-pregunté.
-No. Digo que si los estándares históricos siguieran vigentes, los actos de cualquier gobierno deberían enmarcarse dentro de la mesura, de la real búsqueda del bien general, y dentro del sentido común. Porque nadie jamás, en mi opinión, podría predecir qué puede suceder con un pueblo que, por ejemplo, se sienta manoseado o insultado en su inteligencia.... y le hago constar que cuando digo “pueblo”, no me refiero sólo a la sociedad en forma genérica, sino a todos: a los líderes políticos, a las naciones que observan a un país determinado, a la multitud de religiones, al mundo económico, a los intelectuales.... y también....por supuesto.... a las Fuerzas Armadas....
- Creo entenderlo –dije.
-También yo –agregó Stalbert- pero tengo una pregunta. ¿Puedo...?
-Sr. Stalbert. ¡Mire la hora!. Almorcemos, tomemos una siesta y... luego seguimos. ¿Le parece..?
-De acuerdo, Juan –dijo mi amigo, al mismo tiempo que pedía mi aprobación.
*****
CAPÍTULO XIII
La casona había quedado en completo silencio. Yo no estaba habituado a dormir la siesta, como parecía ser la costumbre aquí. Y por lo visto Stalbert tampoco.
Y digo esto, porque al recorrer el pasillo que me llevaría a la parte oeste del jardín, pasé por lo que era algo así como una sala de esparcimiento y lo pude ver a mi amigo, jugando en soledad al billar.
Y pensé sonriendo para mis adentros:
-¡Tanta tecnología!, ¡tantos adelantos!...¡tanta evolución!... y sin embargo... algunas cosas permanecen por siglos... como el billar....
En fin. Eran casi las 14:30 hs. y, como ayer, volveríamos a nuestros diálogos sobre las 16:00.
Por mi parte, lo único que quería era caminar unos minutos, a pesar del intenso calor, para deleitarme un poco más, conociendo otros sectores del jardín mientras, al mismo tiempo, le daba a mi viejo cuerpo la posibilidad de hacer más fácilmente la digestión. Luego tomaría una ducha, revisaría mis apuntes y me dispondría a otra charla con Salcedo. Y, seguramente, Stalbert haría otro tanto.
*****
Cuando ingresé a la oficina del Presidente, me sorprendió el escenario. Sólo había una luz encendida y la sala estaba vacía. Volví sobre mis pasos y comencé a buscarla a Amelia.
Cuando había hecho apenas algunos metros, por una puerta lateral irrumpió en el pasillo el chofer, cuyo nombre aún yo no conocía.
Parecía preocupado, más allá del evidente apuro que tenía. Si bien casi tropezó conmigo, sólo se limitó a saludarme y siguió rápidamente en dirección contraria a la mía.
Yo giré sobre mis talones y, levantando sólo un poco mi voz, traté de llamarlo:
-Señor... Señor...-dije.
El hombre pareció no escucharme, porque siguió aceleradamente, hasta desaparecer al final del pasillo. Yo me quedé mirando, sin comprender lo qué podría estar sucediendo.
De pronto sentí que alguien me tocaba el hombro. Me di vuelta y me la encontré a Amelia.
-¡Amelia! –dije con cierta euforia-. A Ud. precisamente la estaba buscando. ¿Sabe donde está el Presidente...?
-Acaba de regresar de la ciudad, Sr. Jhonson.
-¿Regresar?.¿De dónde?
-Pues... no se. Poco después del almuerzo, alguien llamó, él atendió, y sólo me avisó que debía salir de urgencia.
-Con razón –dije pensativo-. Porque me lo acabo de cruzar al chofer y parecía... apurado...
-Si –dijo Amelia-. Tiene que volver a salir.
-¿Con el Presidente?
-No. Creo que sólo tiene que llevar una documentación para entregársela a alguien...
-Bien. Ya veo. Por las dudas ¿Sabe Ud. si mantendremos el encuentro previsto...?
-Entiendo que si, Señor, porque me pidió que tenga preparada su ropa pues tomará un baño cuando salga del cuarto celeste.
-¿Del cuarto celeste? –pregunté-. Nadie me ha hablado de él. ¿Qué es...?
-No lo sé, Sr. Jhonson. Jamás he entrado en el.
-¿No lo conoce?. ¿Nunca lo ha limpiado?
-No Señor. Sólo el Sr. Presidente ingresa a allí.... aunque... en ocasiones también otras personas que no sé quienes puedan ser...
-Que raro –dije-. ¿Y dónde está ese cuarto?
-En el subsuelo, Sr.
-¿En el subsuelo...?
-Sí.
-Vaya...
-Si Ud. desea conocerlo de afuera, yo misma se lo puedo mostrar, o sino le puede pedir al Sr. Stalbert que se lo muestre.
-¿Stalbert lo conoce? –pregunté incrédulo.
-Pero claro. ¿Es que no hablan entre ustedes?.
La verdad es que me avergoncé. Aquella mujer tenía razón. Se suponía que yo debía estar al tanto.... pero era evidente que Stalbert... y tal vez hasta el propio Salcedo...no querían que yo tome conocimiento de ciertas cosas...
-Gracias Amelia –dije, disimulando-.¿Puede decirme si ha visto al Sr. Stalbert...?
-Sr. Jhonson. Creí que se lo había dicho. El Sr. Stalbert está con el Sr. Presidente en el cuarto celeste... y tengo entendido que no tardarán mucho, porque se me ha pedido que luego de preparar su ropa, lleve a la oficina algunas bebidas frescas, para tomarlas mientras hablan...
-Está bien, Amelia –dije-. Gracias. De todos modos, yo los podría esperar en la oficina ¿No?
-Por supuesto, Señor. Y enseguida le llevaré las bebidas.
-Gracias nuevamente –dije.
*****
Mi estadía en Buenos Aires estaba resultando un caja de sorpresas. Era una tras otra.
¿Qué sería ese famoso cuarto celeste?.¿Qué habría allí?. ¿Y que hacía Stalbert con Salcedo?.
En fin. Creí oportuno dejar ya de hacerme preguntas y esforzarme por tener paciencia. Seguramente todo se aclararía con el tiempo....al menos eso esperaba...
Así es que decidí volver a la oficina de Salcedo, ocupar mi lugar y... esperarlos.
*****
-¡Sr. Jhonson! –exclamó Salcedo cuando ingresó junto con Stalbert y Amelia, con su bandeja de bebidas-. Disculpe Ud. pero he tenido algunos contratiempos y, además, su amigo me pedido que le muestre algunas cosas.
-¿Si? –pregunté con ironía.
-Así es –dijo Stalbert, un tanto presumido-. Le he pedido a Juan que me muestre.... algunos...ejemplos del avance tecnológico....
-¡Que bien..! –repliqué con aire de indiferencia.
La verdad es que me estaba sintiendo un poco excluido. Pero no había más remedio. Seguramente debería seguir esperando.
Cuando todos estuvimos en nuestros lugares, Salcedo abrió su cuaderno, que siempre estaba en el centro del escritorio y, mirándolo a Stalbert, dijo:
-Bien, Sr. Stalbert. Cambiemos de tema y volvamos a lo nuestro. Me había dicho Ud. que tenía una pregunta...
-Si, Juan. Había pensado hoy cómo estaría compuesta esta... hipotética comisión especial... considerando la magnitud y gravedad de su función...
-Bueno... –comenzó Salcedo-. En principio, la elección de los miembros dependen... perdón... dependerían de cada gobierno y de algunos criterios establecidos constitucionalmente. Pero ciertamente hay un aspecto que es muy importante y que cuenta con el consenso de todos los teóricos...
-¿Cuál? – preguntó Stalbert.
-Se trata del número de integrantes –contesto Salcedo-. Debería ser siempre par...seis, ocho...doce... pero siempre par.
-Por qué –pregunté, para luego añadir-. ¿Qué pasaría si no se ponen de acuerdo y hay un eventual empate en los votos...?
Salcedo evidentemente no pudo disimular una sonrisa. Inclinó la cabeza por algunos segundos, colocando la palma de su mano derecha en su frente. Luego, mirándome con la misma sonrisa, me explicó:
-No sé cuán al tanto pueda estar Ud. de la política argentina, pero le aseguro que esto no tiene nada que ver con aquel episodio de la votación en el senado de hace algunos meses atrás....
Obviamente, de inmediato comprendí a qué se estaba refiriendo, pero decidí concentrarme en la cuestión de fondo:
-En absoluto, Juan –dije-. No traté de hacer referencia a ninguna situación en particular. Sólo me preocupa cómo se dirimiría un contexto de empate, cuando lo que estaría en juego sería enormemente importante para la continuidad institucional de un país.
-Verá, Sr. Jhonson. En las hipótesis más... serias... una situación de empate se definiría por...el voto popular....
-¿Cómo...?
-Pues si. Verá, todos coinciden en que, en el anterior y último acto eleccionario de un país, los ciudadanos voten por sus candidatos, pero al mismo tiempo emitan un segundo sufragio, indicando por si o por no, su decisión de desempatar favorablemente, ante una eventual situación de paridad de votos en la comisión especial. Esos votos no serían escrutados en dicho acto eleccionario. Sólo se constataría el número de ellos, pero quedarían en resguardo seguro y en secreto, con la conformidad de los apoderados de cada partido. Llegado el caso, se procedería al conteo, y de allí brotaría un si o un no que desempataría la votación.
-No dejan de sorprenderme sus... ideas, Juan –dije.
-No me las atribuya, Sr. Jhonson. No sólo el mundo, en términos genéricos, es el que evoluciona. También lo hace el pensamiento, en particular... y más aprisa normalmente..., buscando interpretar y dar mejores respuestas a los distintos aspectos de la realidad....
-Si, -dije-.Lo entiendo. Pero si verdaderamente hay gente que está pensando estas cosas....¿Cómo es que todavía nadie ha leído o comentado algo de esto, o las ha debatido, o lo que fuera...?. Hasta ahora, la sensación que tengo que el único que cuenta con esta... información... o nueva forma de pensar... es Ud....
-Y yo, mi querido Sr. Jhonson, la impresión que tengo es que Ud. padece.... de amnesia.... Ya se ha olvidado nuevamente de dónde provengo.
*****
CAPÍTULO XIV
Después de la ultima charla no fue necesario acordar un nuevo recreo. La necesidad del mismo surgió espontáneamente. No sería largo. Apenas unos veinte minutos. Pero seguramente resultaría suficiente, máxime considerando lo rápido que parecía correr el tiempo cuando nos reuníamos con Salcedo.
Este hombre, obviamente, tendría aspectos positivos y negativos, pero era indiscutible la capacidad que ostentaba de atrapar la atención de uno, cuando comenzaba con sus reflexiones o expresaba su visión del mundo, de la política, o de lo social.
Finalizando, prácticamente, nuestro segundo día en Argentina, había advertido una cosa: en ninguno de los diálogos Salcedo se había preocupado de abordar en forma explícita la cuestión económica.
Por supuesto, era un tema que figuraba en mi agenda, pero todavía no estaba seguro de cuándo proponerlo. Tal vez lo hiciese al terminar el recreo.... o tal vez después ...En fin... ya lo vería...
Por lo pronto, ya había comprendido que era indispensable para mi tratar de ordenar las ideas. Las maratónicas charlas que habíamos sostenido realmente me resultaron de una riqueza extraordinaria pero, al mismo tiempo, como dicen acá, había una gran cantidad de “cabos sueltos”, que hasta ahora no habían dejado de aumentar.
Estaba deliberando sobre estas cosas, cuando sentí la voz de Stalbert:
-¡Señor Jhonson!. Me ha costado encontrarlo –dijo, un tanto agitado.
-¿Qué sucede?
-Salcedo me a pedido que le hiciera el favor de ubicarlo a Ud. para decirle que lo espera en su oficina.
-¿Ahora?
-Si. Desea hablar unas palabras con Ud.
-Está bien –dije- mientras me puse en marcha hacia el estudio del Presidente.
Cuando llegué a la oficina toque a la puerta que, en realidad estaba un tanto entre abierta.
-Adelante, -dijo Salcedo desde dentro.
Al entrar, lo primero que me llamó la atención fue la figura del Presidente. Estaba de pié, había un maletín abierto en el escritorio, y las manos de Salcedo se movían rápidamente, metiendo y sacando algunos papeles. Daba la impresión que estaba haciendo una especie de selección de notas o documentos. También pude observar que en el mismo escritorio, a su izquierda, estaba colocada una especie de micro trituradora de papel, de extraño diseño, por cierto.
Mientras me acercaba al escritorio, pude ver cómo algunas de esas notas iban a parar directamente a ella, para ser convertidas no en las tradicionales cintitas, sino más bien en una especie de polvo de papel.
-Juan –dije-. Me ha dicho el Sr. Stalbert que deseaba verme.
El hombre pareció sorprendido de verme. Evidentemente, tan concentrado estaba en lo que hacía que, al menos hasta ese momento, realmente no se había percatado de mi presencia, a pesar de que él mismo me había mandado a llamar.
-Efecti...vamente, Sr. Jhonson. Tome asiento, por favor –dijo titubeante.
Yo me senté y Salcedo suspendió su tarea. Con el brazo limpió rápidamente el centro del escritorio, luego se sentó, se arremangó y, mirándome directo a los ojos, casi de una forma extraña, me dijo:
-Vea... hay algunas novedades... ya sabe Ud. que el hombre propone y...Dios dispone...
-Si –dije-. Pasa todo el tiempo ¿verdad?.
-Así es. Mire, Sr. Jhonson, tengo algunas cosas por decirle. Por una parte, he sido informado que el asesinato de mi querido amigo Urtigas ya fue total y absolutamente resuelto. Los cinco responsables han sido identificados y detenidos.
-¡Oh!... esa sí que es una buena noticia –dije.
-Si. Por lo menos uno sabe que se hará justicia y, en cierta forma, en lo personal al menos me sirve de consuelo...
-Lo entiendo.
-Bien. Por otra parte, debo decirle que hace minutos, acabo de... cambiar mis planes. Me marcharé de Buenos Aires... mañana por la mañana...
-¿Mañana...?
-Si. Le pido disculpas, porque sé el esfuerzo que hizo para venir pero...desgraciadamente no tengo alternativas...
-Vaya...
-Pero no se preocupe –trató de tranquilizarme Salcedo-. Todavía hay una posibilidad de continuar un poco más con nuestras charlas... porque recuerde que también yo tengo cosas por preguntarle.... pero todo va a depender de Ud....
-¿De mí?
-Pues... si. Yo he recortado mi propia lista de preguntas que le quería hacer, hasta quedarme sólo con una...y si Ud. hace algo parecido...y si se anima...tal vez podríamos hablar durante gran parte... de la noche. Yo, como le dije, partiría mañana Viernes, por la mañana, y ustedes podrían quedarse en la casa hasta escoger el horario del vuelo que los lleve de regreso... Además, Amelia y el chofer estarían a su disposición...
Me quedé sin saber qué decir. De hecho estaba cansado, pero al mismo tiempo no quería desperdiciar la oportunidad de charlar un poco más...
Traté de pensar lo más rápido que pude, como para definir mi respuesta. Miré el rostro de Salcedo y, de algún modo, me pareció entrever una especie de pedido humilde para que aceptara yo su propuesta.
-No hay ningún problema, Juan –respondí con toda seguridad-. Pero...¿Cómo haríamos ahora...?
-Me alegra que haga Ud. este nuevo esfuerzo. De verdad, se lo agradezco. Y en cuanto a lo inmediato, si le parece, podemos hacer lo siguiente: podemos, por ejemplo, tomarnos unos minutos más para distraernos, luego comemos algo liviano, y...en fin, nos reunimos de vuelta....
-De acuerdo –dije- aunque yo tomaré primero una ducha.
-Por supuesto. ¿Hablará Ud. con Stalbert o prefiere que lo haga yo?
-No. Despreocúpese Juan. Yo lo pondré al tanto a Stalbert.
-Bien. Así quedamos entonces.
-Así quedamos, Juan.
****
Era una sana costumbre mía, según creo, no preguntar más allá de lo pertinente, al menos en situaciones singulares. Y, definitivamente, esta lo era en el sentido más estricto del término.
Para variar, no tenía ninguna idea de los motivos de Salcedo que explicasen su repentino cambio de planes. Por lo pronto, sólo comprobé que Stalbert se mostró tan sorprendido como yo cuando se lo conté. Es más. En la ligera cena que nos preparó Amelia y que disfrutamos casi en silencio, pude ver cómo Stalbert fijaba, por momentos mas o menos prolongados, su mirada en Salcedo, como queriendo escudriñar en su mente.
Y después, cuando ya estuvimos nuevamente en la oficina del Presidente, la actitud fue la misma. Lo miraba, fruncía el seño, levantaba los ojos hacia arriba, y luego lo volvía a observar.
Evidentemente Salcedo se percató de ello, pues cuando terminó de revolver su café, le dijo:
-¿Sucede algo Sr. Stalbert?
-¿Por qué lo dice?
-Bueno. Me ha estado observando todo el tiempo.
-No. No es nada. Tal vez sólo un poco de... desconcierto.
Salcedo sonrió denotando comprensión y, por lo que pude ver, buscó tranquilizarlo... o entusiasmarlo... no sé.
-¡Vamos, mi estimado!. No se sienta.... desilusionado. Aunque yo tenga que partir antes, creo que ha valido la pena todo lo que hemos compartido en estos días. Además,...le puedo asegurar que no será esta la ultima vez que nos veamos.
-¿De verdad?
-Así es, Sr. Stalbert. Aunque no sé exactamente la fecha, creo que estaré de regreso por aquí en más o menos...un mes.
-¡Vaya!. Se lo tenía bien guardado, Juan.
-En realidad no. Yo mismo me acabo de enterar hace apenas unas horas.
-¿Y cuánto tiempo se quedará en su próxima... visita? –preguntó Stalbert, ya con un poco de entusiasmo.
-Lamentablemente tampoco eso lo sé. Pero les aseguro, a Ud. y al Sr. Jhonson, que sabré hacerme de un tiempo más prolongado para, eventualmente, volver a sostener estos... encuentros. ¡Ah!, y en ese caso, yo mismo les avisaré y les facilitaré un nuevo viaje... mientras así lo quieran ustedes
-¿En serio? –pregunté.
-Si, Sr. Jhonson. –respondió Salcedo, para luego agregar-. Y le aseguro que se llevará Ud. una sorpresa.
-¿Más todavía...? –dije risueñamente.
-Se lo aseguro.
-¿Me puede adelantar algo...?
-No... bueno. Si. Pero sólo una cosa, y luego volvemos a lo nuestro.
-Si, por supuesto –dije con ansiedad-. ¡Pero dígame!. ¿Qué tiene para adelantarme?.
-Sólo una cosa, pero recuérdelo para el futuro: cuando nos volvamos a ver, yo ya no me dirigiré a Ud. como al “Sr. Jhonson”...
-¿Acaso me va a tutear...?. Porque si es así, la verdad es que eso no sería demasiado... sorpresivo... después de todo ya hemos creado un clima de confianza y, a pesar del poco tiempo compartido, nos hemos relacionado tan... de entre casa... con tanta espontaneidad... que tratarnos en forma sencilla, sin formalismos... sería lo más natural...creo.
-Bailotea usted entre la serena reflexión y la ansiedad. Es más. Creo que es un ansioso crónico –me espetó Salcedo sonriendo.
-Bueno.. .-repliqué-. También Ud. tiene su... carácter ¿No?
-Ciertamente, mi estimado Sr. Jhonson. Pero no se apresure. Tiempo al tiempo. Sólo le pido que recuerde esto.... la próxima vez me dirigiré a Ud. de otra manera...
-Ya veo... deberé seguir esperando... aunque a estas alturas... me parece que ya me estoy acostumbrando a las...sorpresas...
-Bueno –dijo Salcedo un tanto burlón- en ese caso podemos continuar con lo nuestro. Y a propósito, Sr. Jhonson, ¿Ha elegido Ud. un último tema?. Porque recuerde: yo ya he seleccionado mi pregunta. La única que tendré la oportunidad de hacerle en esta ocasión.
-Si. –dije-. Se trata de la cuestión económica. Ud. y yo pertenecemos a generaciones distintas. Seguramente nuestros puntos de vistas sean... diferentes. Por eso, y en tal caso, me gustaría conocer el suyo...
-¿La economía?. Vaya. Me pregunta Ud. sobre una cuestión de mucha actualidad por estos días. La crisis financiera de su país, de Europa, de Asia... las consecuencias para los países emergentes... Si. Es una buena pregunta. Sin embargo, yo no soy un especialista en el tema. Hubiera deseado que mis asesores o los equipos técnicos pudieran estar aquí, para responderle adecuadamente.... Pero en fin... trataré de complacerlo lo más que pueda...
-Se lo agradezco –dije-. Aunque, en realidad no me interesan tanto los aspectos técnicos. Más bien... me gustaría conocer su concepción... global del asunto...
-En ese caso... –dijo Salcedo, con cierta actitud de recogimiento- el éxito de la economía de un país, al menos para mí, está relacionada directamente con... lo moral...
-¿Con lo moral...? –intervino Stalbert.
-Si, mi estimado. Con lo moral. Mire: se lo voy a explicar de otro modo. Tradicionalmente se ha hablado de democracia como algo muy ligado a un sistema de gobierno, orientado a satisfacer una serie de necesidades de un pueblo. El trabajo, la salud, la educación, la seguridad ... en fin... lo que ya conocemos. Sin embargo, a mi parecer, otros aspectos han quedado fuera...
-¿Cómo cuales? –pregunté.
-Bueno... como lo espiritual... como lo moral. Vea. Un sistema de gobierno, que sólo responda a los justos requerimientos... materiales...pero que no favorezca el crecimiento humano de las personas.... que no favorezca, por ejemplo, el desarrollo de una conciencia social y personal sobre lo que llamamos trascendencia, o destino último del hombre... o que olvide aquello de... “de dónde venimos y hacia dónde vamos”... un sistema, le decía, que no favorezca el crecimiento social de estos aspectos.... estaría como incompleto en su labor...
-Lo entiendo, Juan –dije- pero...¿Qué tiene que ver esto con la economía...?
-Mucho, Sr. Jhonson. Una moral, si se precia de ser tal en el sentido más pleno de su significado, debería brotar de esta conciencia de trascendencia, y recuerde que el gobernante de mañana saldrá de una cultura y de un pueblo en particular... y ejercerá su función, para bien o para mal, no sólo en virtud de constituciones o leyes, sino también... de lo que supo cultivar y asimilar durante su desarrollo humano...
-Ya veo cuál es su perspectiva pero... todavía me resulta algo confuso –dije.
-Si. No es una cuestión fácil. Pero tenga en cuenta esto: las economías del mundo podrán acertar o errar desde un punto de vista técnico, pero en todo caso, errores de esta naturaleza serían... en principio.... corregibles. Pero debe también considerar que hay otro aspecto, que ha acompañado la evolución de todas las economías del mundo, y que indefectiblemente las ha dañado, y en ocasiones a niveles altísimos, destruyendo conciencias, principios e ideales.
-¿Cuál? –pregunté
-La corrupción, mi amigo. La corrupción de quienes detentan cualquier forma de poder: el poder político, el empresarial, el mediático.... cualquier forma de poder...
Estuve a punto de hacerle una observación a Salcedo, pero advertí que éste aún no había concluido con su reflexión, de modo que permanecí callado y a la espera.
-Si, Sr. Jhonson –continuó-. La corrupción es como un cáncer, que ha envenenado por siglos la sangre de los pueblos, y ha hecho metástasis por todas partes. Y estando el remedio siempre a la mano, han sido muy pocos los que se animaron a tomar de él...
-Se refiere a....
-Si. –se anticipó Salcedo-. A la moral... a los necesarios contratos morales de carácter social que puedan hacer los miembros de un pueblo. Le aseguro que... no hay otra medicina...
****
CAPÍTULO XV
A veces, cuando uno cree que ya le ha sucedido todo lo que le podría pasar, o cuando supone que ya ha escuchado hasta las cosas mas extrañas, la vida parece obstinarse en recordarle que siempre es posible algo más, a la manera de las ironías de las leyes de Murphy.
Es lo que estaba viviendo en mi interior, durante la muy breve pausa que acordamos, cuando ya el reloj había indicado el inicio de un nuevo día.
En rigor de verdad, el pensamiento de Salcedo no constituía, en si mismo, algo novedoso.
Cada reflexión que fue haciendo a lo largo de las charlas, no eran descabelladas, si se las consideraba en forma individual a cada una. Pero si uno unía y relacionaba cada idea, como partes integrantes de una cosmovisión global, la cosa ciertamente cambiaba.
En efecto, Salcedo estaba demostrando, con mucha consistencia y razonabilidad, por cierto, que los distintos aspectos de la vida política de un país no son compartimentos estancos, aislados unos de otros.
Por el contrario, me quedé con la impresión de que se había esmerado cuanto pudo en hacernos ver que, en la política como en la vida, todo tiene que ver con todo.
Pero bueno... Ya tendría oportunidad de rememorar y analizar todo lo hablado. Por lo pronto, debía disponerme para afrontar lo que sería el último tramo de nuestras conversaciones, aunque el cansancio ya era notorio en todos,
*****
De regreso a la sala, Salcedo tomó inmediatamente la iniciativa y, con cierta picardía me recordó lo que vendría.
-Bueno... mi estimado Sr. Jhonson, ahora le toca a usted. Le voy a formular mi única pregunta, al menos en este encuentro.
-Adelante –dije-.
-Bien. Pero debo decirle que más que una pregunta, en realidad, se trata de una descripción...
-¿De una descripción?
-Si. Solo quiero que me cuente acerca de qué piensa y cómo vive –y no se ofenda- alguien que ha participado activamente de la vida política por mucho tiempo, que ha conocido lo bueno y lo malo de la dirigencia, que ha escuchado el clamor del pueblo... y tantas otras cosas; pero que se encuentra ahora, como en su caso, digamos.... al final de su existencia...
La verdad es que me dio gracia el esfuerzo de Salcedo por tener el tacto justo para decirme sin herirme, que yo ya “había sido”, y que el horizonte más cercano era el de la muerte.
Por otra parte, me sorprendió el tenor de la pregunta o descripción que me pedía el Presidente. De todos modos, traté de repasar mi vida lo más rápido que pude y luego me dispuse a contestar.
-Mire, Juan –dije-. Sólo le voy a decir una cosa ahora, y lo demás quedará para la próxima vez que, según sus palabras, nos podamos reunir nuevamente.
-Dígame usted.
-Bueno... en mi sencilla experiencia, uno puede ingresar al mundo político por diversos motivos, algunos de los cuales puedan ser, incluso, motivo de vergüenza posterior. En lo que a mí respecta, sólo estoy convencido de una cosa.
-¿Cuál?
-Se lo voy a decir de una forma breve: Yo creo que, más allá de las motivaciones iniciales, más allá de los primeros entusiasmos, el servicio a un pueblo desde la política, sólo se convierte en... vocación real y profunda, casi nostálgica pero absolutamente existencial... cuando.... como en mi caso.... ya no se la ejerce formalmente; y cuando uno, por la edad o por lo que fuera, ignora los “sagrados” códigos partidistas que debíamos respetar.... y se anima, entonces, a soñar con una estampa distinta del rol del servicio político a un pueblo....
Servicio que es sólo eso: un servicio....un mero servicio... y que jamás se debe permitir, por ninguna circunstancia, que sea algo distinto...
Dije todo esto y luego quedé en silencio. Lo miré a Salcedo y no pude dejar de notar en su rostro, algo muy parecido a la emoción.
*****
EPILOGO
El viaje de regreso, seguramente por una engañosa sensación, me pareció mucho más breve que el que habíamos hecho para llegar a Argentina.
Desde el aeropuerto fuimos directo a mi casa, por decisión de Stalbert . Yo, por mi parte, ya le había anticipado a Juana que nuestro regreso se había adelantado, de modo que me sentía tranquilo. Y, efectivamente, cuando llegamos, todo estaba en orden.
Sólo me sorprendió que, además de Juana, estuvieran también mi hijo, con su esposa y mis dos nietos. Supuse que la propia Juana habría hecho algunos “arreglos” para que ello sucediera....
La verdad es que fue una agradable recepción, donde abundaron abrazos, besos y alegría.
Si bien Stalbert, durante el vuelo de regreso, me había puesto al tanto de un sin número de detalles que en su momento yo no supe interpretarlos, como aquello de la famosa llamada telefónica; o lo del cuarto celeste, me pareció que aún quería decirme algo más.
Por ello, una vez que finalizó la recepción familiar, lo llamé aparte a mi amigo, a mi propia oficina y le pregunté sin vueltas:
-Sr. Stalbert...¿Acaso tiene algo para decirme...? ¿Tal vez algunas conclusiones finales que... me ayuden a entender mejor todo este embrollo...?
-En realidad... sí –contestó, para luego agregar-.¿Pero... le parece que podría Ud. soportar un último detalle que... toca a su propia vida familiar...?
-A estas alturas.... creo que es muy poco lo que podría sorprenderme...
-¿De verdad piensa eso?
-Creo que sí –dije.
-Muy bien –replicó Stalbert-. Si tan seguro se siente... ¿le puedo hacer una pregunta?
-Por supuesto –dije.
-Bien. Dígame entonces, Sr. Jhonson: ¿Cómo llama Ud. a los hijos de su hijo...?
-¿Me está tomando el pelo?
-No. Y le agradecería que me responda.
-¡Está bien, Sr. Stalbert! –exclamé-. Le seguiré el juego. Los hijos de mi hijo son mis nietos.
-¿Y Cómo llamaría Ud. a los hijos de sus nietos...?
-Pues... bisnietos...
-Muy bien. Y si un bisnieto suyo tuviera un hijo...¿Cómo lo llamaría...?
-¡Oh!..por favor, Sr. Stalbert.... está Ud. pasándose de la raya. Obviamente sería mi tataranieto...
-¡Excelente! –dijo Stalbert, para luego agregar-.¿Sabe Ud. con quién hemos realmente dialogado estos días en Buenos Aires...?
-Pues... con el Presidente Salcedo...
-Si... pero... ¿Recuerda de donde proviene él...? ¿Sabe quién realmente es...?
-Creo que si... Lo que no sé, en todo caso, es adonde quiere llegar Ud. -dije un tanto malhumorado.
-Pues déjeme decirle una sola cosa, prepárese y preste atención.
-¿A ver..?. ¿Con que me va a salir ahora...?
- Ud. y yo hemos estado hablando, en realidad, con el hijo de un... tataranieto suyo.... quién, por cierto, le brindará más explicaciones en nuestra próxima visita a Argentina.... Y ahora, haga memoria y saque Ud. sus propias conclusiones....
Casi con descompostura por la sorpresa, me agarré la cabeza con las manos y me incliné hacia abajo. Realmente ya estaba muy viejo. Otra vez se me había olvidado de donde provenía aquel hombre que sería el nuevo presidente de Argentina y del cuál.... yo terminaría siendo un pariente de muchos años atrás....
*****
F I N